ENTREVISTA
¿En qué momento preciso se le activó el chip para escribir esta historia?
Ricardo Menéndez Salmón:
Creo que el 29 de noviembre del año 2004, cuando oí a José María Aznar decir en
cierta comisión aquello de que los atentados de Madrid no habían sido urdidos en
«lejanas montañas ni en remotos desiertos». Su «sostenella y no enmendalla» me causó
una profunda impresión. Primero fue el dolor; luego, el estupor; finalmente, la
indignación.
Sus novelas son cortas, pero las escribe durante un par o tres de años. ¿Significa
eso que corrige mucho o que se despista fácilmente?
Ricardo Menéndez Salmón:
Pregunta un poco perversa, ergo inteligente. Corrijo mucho y me despisto
fácilmente, si entendemos «despistarse» por tener abiertos varios frentes a un tiempo.
En general, suelo escribir más de un libro a la vez. Al menos con mis tres novelas
para Seix Barral ha sucedido eso.
De algún modo, en todas sus novelas siempre está el telón de fondo del
terror. ¿Por qué le interesa tanto este
aspecto?
Ricardo Menéndez Salmón:
Porque me parece constitutivo no sólo de nuestro tiempo, sino del propio concepto
de humanidad. Hay una intuición de
Roberto Arlt en
Los siete locos que asumo
como propia: «Sólo el mal», dice el escritor argentino, «afirma la presencia del
hombre sobre la tierra». Frase terrible pero muy certera, porque a poco que uno
reflexione se da cuenta de que la maldad y, por extensión, el terror son privilegio
de nuestra especie.
En La ofensa el protagonista perdía
la sensibilidad ante el terror. En
El corrector
parece que quienes la pierden son los políticos que durante horas intentaron anteponer
sus intereses de partido por encima del dolor de los españoles. ¿Por qué le gusta
insistir en esa pérdida de sensibilidad del ser humano?
Ricardo Menéndez Salmón:
Porque también me parece una constante humana. Quizá porque soportamos mal un exceso
de realidad y necesitamos atajos para escapar a ella. De todos modos existe una
diferencia de grado entre la insensibilidad de Kurt, el protagonista de
La ofensa,
y la de la clase política que nos gobernaba durante las jornadas de marzo. Kurt
pierde la sensibilidad porque su ingenuidad, aquello en lo que él creía de un modo
bastante naïf, entra en conflicto con el mundo; los políticos se hacen
insensibles e impermeables a la verdad defendiendo una posición de privilegio.
Volvamos a las declaraciones del PP después de los atentados: ¿Qué sentía exactamente
usted cuando las escuchaba?
Ricardo Menéndez Salmón:
Como se explica en la novela, e igual que le sucedió a la inmensa mayoría de los
españoles, yo creí a nuestro Gobierno hasta que las noticias que llegaban de muchas
partes (sobre todo de fuera de España) comenzaron a desaconsejarlo. Aquel día todos
perdimos doblemente la inocencia: primero, porque sentimos que podíamos haber viajado
en esos trenes; segundo, porque aprendimos que el poder político, con tal de mantener
su espacio, es capaz de alcanzar increíbles cotas de miseria.
¿Podríamos decir que la esencia de
El corrector
es la corrupción del lenguaje?
Ricardo Menéndez Salmón:
Es una de las líneas principales de reflexión, sin duda. El lenguaje es un instrumento
poderosísimo pero al tiempo muy frágil. Es poderosísimo porque sólo con el lenguaje
podemos adueñarnos del mundo, pero a la vez muy frágil porque las palabras pueden
decir lo que la realidad no ha dicho. Todo esto lo explicó insuperablemente
Orwell en
1984. Quien detenta el
poder, detenta el lenguaje; quien detenta el lenguaje, detenta la capacidad de transformar
e incluso de abolir la realidad.
Usted dijo una vez que en todo discurso filosófico es imposible escapar a Platón.
En esta novela Vladimir parece un Platón moderno.
Ricardo Menéndez Salmón:
Platón es un gran constructor de metáforas. Pensemos en dos de ellas,
que aparecen con cierta obstinación en mis libros: la vida falsa que todos experimentamos
a través de los simulacros (el esclavo en la caverna) y el sueño de una República
ideal dirigida por sabios (tan querida por todos los tiranos ilustrados). Platón
es fascinante y peligroso a partes iguales.
No sé si Vladimir es un Platón moderno
(sospecho que a mí, como a otros escritores, Platón nos querría ver lejos de su
República), aunque es cierto que algunas de sus reflexiones indagan en las grandes
preguntas platónicas: ¿dónde empieza el conocimiento y hasta dónde llega la opinión?,
¿qué relación existe entre gobernante y gobernado?, ¿debe el dirigente permitir
que el artista se inmiscuya en los negocios de la polis?
¿Serían los dirigentes actuales los nuevos sofistas o sería mucho decir?
Ricardo Menéndez Salmón:
Un sofista, para el imaginario griego, es, entre otras cosas, aquella persona capaz
de defender algo y su opuesto. Desde esa lógica es plausible ver en el político
moderno un sofista cultivado.
Creo que lo que Platón, por seguir con el tema, detestaba
de los sofistas es lo que Robertson Davies ha sugerido en Ángeles rebeldes al definir
el escepticismo: el cauteloso reconocimiento de que es posible afirmar la contradicción
de cualquier proposición general sin que sea menos digna de crédito que la proposición
misma. Dicho en román paladino: que un día nuestros sofistas proponen un Estado
laico y al día siguiente llenan de dinero los bolsillos a la Iglesia sin que entre
un acto y el otro medie contradicción aparente.
¿Cree que la política española es especialmente pertinaz en la banalidad del lenguaje
o es algo generalizado en todos los gobiernos?
Ricardo Menéndez Salmón:
Sólo puedo hablar con conocimiento de causa de nuestros políticos, aunque imagino
que la banalización mencionada es pandémica. Si sirve de respuesta, diré que percibo
la misma banalización en el ámbito municipal que en el regional y, por descontado,
en el nacional. Esto es: que la palabra democracia, por ejemplo, suena igual en
boca de un alcalde, un presidente autonómico y un ministro.
¿Cree que las nuevas tecnologías permiten desactivar de algún modo la manipulación
de los políticos?
Ricardo Menéndez Salmón:
Depende de quién esté detrás de ellas, claro, pero, en general, creo que Internet
supone un sano ejercicio de desacralización. Quiero decir que, así como es muy interesante
ver una reseña que destroza con argumentos a un pope de la literatura consagrado
por la academia, es igualmente grato escuchar a gente que, a través de la Red, expresa
sin censura sus opiniones acerca de sus gobernantes.
En sus novelas parece haber un exhaustivo proceso de limpieza, de pulimiento. Es
decir, de corrección. ¿Hay un Vladimir dentro de Ricardo Menéndez Salmón?
Ricardo Menéndez Salmón:
Lo hubo, lo hay, lo habrá siempre. Fui corrector profesional durante años, lo sigo
siendo en ocasiones y lo seré siempre ante mis textos y, por deformación, ante los
textos ajenos. A veces voy caminando por la calle y pongo una tilde a un anuncio
o descubro una aliteración en un titular de prensa.
Esta obsesión siempre fracasada
por la obra perfecta, limpia de mancha, la intenté explicar en un relato al que
le tengo mucho cariño, «Para una historia privada de la literatura»,
un homenaje
a Kafka que publiqué en mi libro Gritar.
¿Qué le dicen los lectores de
El corrector
cuando tiene oportunidad de hablar con ellos?
Ricardo Menéndez Salmón:
Hay de todo. Gente a la que la intromisión de la política le ha molestado, y que
valora sobre todo la parte íntima del libro, la que mira al amor de pareja y filial;
gente que, por el contrario, dice que ya era hora de que alguien se atreviera con
el tema y que está cansada del estilo Sheraton en literatura o del epatar al burgués
tan de moda hoy. No se puede escribir a gusto de todos, por descontado.
El lector es soberano a la hora de escoger
qué lee; el escritor, a la hora de decidir en qué va a invertir su fuerza.
Su novela me ha recordado a
Don DeLillo y resulta que a Vladimir le gusta mucho
este autor. ¿Es casualidad?
Ricardo Menéndez Salmón:
DeLillo es un gigante; en mi opinión, y hasta donde yo conozco, el mayor escritor
vivo. No obstante, no es
El hombre del salto, la novela con la que quizá se pueda
emparentar
El corrector, la que
más me gusta de él. A mí me fascina el DeLillo de
Ruido de fondo,
Mao II y
Submundo,
una trilogía insuperada de la estupidez, la violencia y la maravilla que encierra
nuestra contemporaneidad.
¿Se sintió cómodo cuando lo agruparon dentro de la Generación Nocilla?
Ricardo Menéndez Salmón:
Si alguien me regaló ese marbete es que no había leído mis libros. De todos modos,
me siento cómodo en compañía de los buenos escritores. Y en eso que se ha dado en
llamar Generación Nocilla, hay unos cuantos.
¿Está trabajando en otra novela?
Ricardo Menéndez Salmón:
Sí. Una historia entre el ensayo y la ficción con la pintura como protagonista.
Hay cuadros blasfemos, aparece Mark Rothko y un escritor que, sospechosamente, responde
al nombre de RMS.
Manel Haro ©
www.ciberanika.com
© Fotografía: Susana Carro
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