ENTREVISTA
Ana... ¡Con semejante currículum me dejas de una pieza! Por cierto: ¿Me he dejado
algo importante en el “tintero” o hay algo que desearías añadir?
Ana Martos:
Sí, lo más importante.
Que soy feliz, que me quiero y que creo en la gente.
Hoy vamos a comentar tu libro “Los 7 Borgia”, una obra de investigación
histórica, pero antes de centrarnos en él exclusivamente me gustaría conocer tu
opinión sobre un género muy de moda: La novela
histórica. Y te pregunto esto porque hay quien opina que la novela es
novela y la historia es historia, mientras que otro sector del público considera
que ese género acerca conocimientos históricos a un grupo de lectores que de otro
modo no se interesarían en ellos. ¿Cuál es tu opinión?
Ana Martos:
Estoy de acuerdo con
los que opinan que la novela es novela y la historia es historia. La novela no es
que sea ficción, sino que TIENE QUE SER ficción pues de lo contrario no es novela.
El ensayo histórico tiene que garantizar fidelidad, pero la novela, no, porque entonces
deja de ser novela. En cuanto a que acerca al público a la historia, puede pasar
como la música clásica a la que se añade un ritmo para que la escuchen los que de
otra manera no la escucharían. Es como si pintas las Meninas en plan Matisse para
atraer a los amantes de la
pintura moderna. La novela histórica
tiene el peligro de que los lectores terminan por creer en cosas que no son ciertas,
como pasa con "El Código da Vinci", que es una novela y mucha
gente está convencida de que la Magdalena fue la primera discípula de Jesús, cuando
eso no es más que un escrito gnóstico del siglo II, una elucubración de aquel tiempo
que mezcló el cristianismo con la religión egipcia de Serapis.
Ana...Todos sabemos que, desgraciadamente, la Historia la han escrito los vencedores
y gran parte de lo que nos ha llegado ha sido manipulado, además, por la censura
o la cultura de una época, la opinión del que escribía... Sin ir más lejos: Yo estudié
que
Pizarro fue un héroe pero ¡que se lo pregunten a los Incas! Y recuerdo
un reportaje en televisión, hace años: Filmaron una clase en España en la que se
hablaba de la Armada invencible y otra en Inglaterra sobre el mismo tema. ¡Ni te
explico que sólo tenían en común el título! ¿Cómo puede acercarse a la verdad un
investigador histórico, interesado en épocas distantes, partiendo de lo que nos
ha quedado?
Ana Martos:
No hay más remedio
que investigar entre las dos partes, entre los defensores y entre los detractores.
Después hay que investigar entre los neutros, es decir, entre los que escribieron
sobre esa época y ese lugar pero sin citar al personaje o hecho que se investiga.
Por ejemplo, para investigar a los Borgia, hay que investigar a los que los defienden
y a los que los atacan y, además, a los que escribieron sobre el
Renacimiento, sobre Maquiavelo, sobre
Fernando el Católico o sobre Luis XII de Francia.
¿Hay algún periodo de la Historia que te interese de forma especial?
Ana Martos:
La historia antigua
es lo que más me interesa, puede que por la dificultad que supone encontrar verdades
en escritos tan antiguos, tan frecuentemente manipulados o desaparecidos. Los escritos
y los personajes del mundo antiguo mezclan generalmente la historia con la leyenda
o el mito y eso dificulta más la posibilidad de hallar datos objetivos o reales.
Investigar sobre un personaje del mundo antiguo supone aprender cosas insospechadas
y averiguar asuntos colaterales sumamente interesantes. Me ha sucedido investigando
sobre otro personaje del que acabo de publicar un libro, Pablo de Tarso.
Ana, hablando ya del libro que vamos a comentar:
Los 7 Borgia ¿Qué te impulsó
a escribir sobre esos personajes?
Ana Martos:
Elegí esos siete porque
forman un grupo estructurado, unos en relación con otros; porque, exceptuando a
Francisco de Borja, son los que menciona
Blasco Ibáñez y
Blasco Ibáñez es mi escritor preferido.
Blasco Ibáñez utiliza un modo
de novela histórica que la convierte en libro de historia y es que hace que la historia
la cuente un personaje ficticio. Crea una novela y uno de los personajes cuenta
la historia real de un personaje real, y no la cuenta novelada, sino comentada.
También quise utilizar
el número 7 porque es un número mágico, una herencia babilónica que ha utilizado
la Biblia, como las siete plagas, las siete vacas, los siete sellos, los siete ángeles,
las siete trompetas, etc. En realidad, en el libro hablo de otros personajes de
la familia, pero no tan relevantes como estos siete.
Adjuntas un montón de Bibliografía, nada menos que tres páginas. ¿Te llevó mucho
tiempo la investigación y redacción de la obra?
Ana Martos:
Varios meses. Antes
de escribir un libro me encierro una temporada en mi propia biblioteca y después
en la Biblioteca Nacional. Internet me sirve para localizar pistas, que después
concreto con libros. Internet es útil para localizar bibliografía y después buscar
el libro real. También hay bibliotecas digitales que se pueden consultar, como la
Biblioteca Virtual Cervantes, que ofrece gran cantidad de obras clásicas digitalizadas
o la librería El Aleph. De otros escritos que se encuentran en Internet hay que
investigar al autor y averiguar quién es y qué respaldo tiene lo que dice. Lo mismo
pasa con los libros, pero los libros suelen traer datos biográficos del autor.
El Vaticano es el lugar donde más información oculta se podría encontrar acerca
del tema y personajes que trata tu libro ¿llegaste a tener la suerte de acceder
a él?
Ana Martos:
Para nada. No creo
que el Vaticano tenga tantas cosas escondidas como se dice. La Iglesia ha venido
destruyendo sistemáticamente todos los escritos que se han opuesto a su doctrina
desde el principio de los tiempos, incluyendo obras de
filósofos antiguos, historiadores y
literatos. Acabó con el paganismo, con la herejía y con la oposición quemando y
destruyendo obras. Si hubieran querido conservarlas como documentación restringida,
no las habrían quemado como hicieron con las obras de Safo, de Plotino, de Marción,
de Juliano y de tantos otros. Lo que se guarda termina por aparecer, por mucho que
se oculte y ellos se han curado en salud desde el siglo IV.
¿Qué criterios sigues para discernir lo que consideras históricamente verdadero
o falso? ¿Te fías de algún autor? ¿Comparas varios textos? ¿Sitúas hechos y fechas?
Ana Martos:
Carl Rogers es un
psicólogo existencialista que explica la manera de llegar a ser persona, buscando
las propias incongruencias para analizarlas y eliminarlas. Las incongruencias son
las que hacen que un autor o un escrito pase a la fila de los sospechosos. Por ejemplo,
si un autor cuenta que un personaje realizó tales y cuales actos y, de repente,
asegura que lo
hizo por encargo de
Satanás, ese autor deja de ser fiable,
al menos para mí. Si un autor habla maravillas de un personaje y cuenta un milagro
que realizó, lo mismo. Ya no es fiable. O cuenta algo que no se corresponde o choca
con situaciones reales. Hay que desmenuzar las incongruencias y separar las ideas
delirantes y el pensamiento mágico de la lógica y la realidad. A veces es difícil
pero otras veces es sumamente fácil. Si una persona miente una vez puede mentir
cien veces. Aunque la mentira sea involuntaria, es decir, aunque crea de buena fe
que eso es cierto. Hay que tener en cuenta que el pensamiento mágico ha formado
parte del pensamiento humano hasta la Ilustración.
Ana: Alonso Borja, el que sería
años después el Papa Calixto III, jugó un papel importante en Peñíscola y logró
lo que otros intentaron sin éxito... ¿Atribuyes ese triunfo a su carácter diplomático
y negociador? ¿Qué habría sucedido, según tú, sin su intervención? ¿Consideras ese
hecho fundamental para que la familia Borgia se asentara en Roma?
Ana Martos:
Si no hubiera sido
él, hubiera sido otro diplomático con las mismas virtudes que Alonso, quien hubiera
conseguido que los seguidores del papa Luna abandonaran su proyecto de Peñíscola.
Hubiera tardado más o menos, pero hubiera sucedido. Pero fue Alonso, le tocó, lo
consiguió gracias a sus dotes personales y a técnicas probablemente aprendidas de
la abogacía. El caso es que lo logró y por ello le hicieron obispo que era la forma
en que antes se premiaban los actos valiosos. Era mejor un obispado que un título
de conde o de marqués, que fue con lo que después de premiaron ese tipo de acciones.
Y una vez metido en la Iglesia, el siguiente premio fue el cardenalato y de ahí
al papado, hubo un paso no muy largo.
Vemos a lo largo del libro que los Papas eran más humanos que divinos, que existían
relaciones sexuales entre el alto clero, que se lanzaban a la guerra
y conquista de territorios, que el obispado y el solio pontificio eran objeto de
compra-venta ¡y hasta existieron obispos con cinco años y Papas con doce! ¿Cómo
explicas tú todo eso, Ana? ¿Qué versión tienes de esa época y costumbres?
Ana Martos:
Es esa época y en
todas las épocas de la Historia, los Papas han sido príncipes de un estado soberano
que es una monarquía electiva. Lo sigue siendo. Por tanto, su cargo ha sido motivo
de transacciones y negociaciones unas veces comerciales y otras políticas, según
el momento y los valores en juego.
El hecho de que hubiera
obispos de cinco años y papas de doce equipara el obispado y el papado a señoríos
feudales, que es lo que eran. Ya no lo son porque ya no existe el feudalismo. Y
si un niño podía ser conde, príncipe y señor feudal a los cinco o a los doce años,
también podía ser obispo, abad, cardenal o papa.
Nos muestras a Rodrigo de Borgia,
sobrino del Papa Calixto III, y Papa a su vez con el nombre de Alejandro VI, como
un hombre astuto y de carácter fuerte, aunque parecía no saber negarles nada a sus
hijos. ¿Qué destacarías de él?
Ana Martos:
Creo que fue un gran
estadista y un gran príncipe renacentista, amante del lujo, del
arte, de la diversión y de las negociaciones
políticas, como eran todos los grandes señores del Renacimiento y como fueron todos
los papas renacentistas, que esgrimieron con una mano la política y el arte con
la otra.
En cuanto a no negarles
nada a sus hijos, eso es lo que han venido haciendo muchos padres poderosos. Los
papas que han tenido hijos los han elevado a los niveles más altos, por eso se acuñó
el término nepotismo, para dar a los hijos de los papas la categoría de sobrinos
(nepote). También los príncipes laicos lo han hecho, como los que hicieron obispo
a su hijito de cinco años o papa a su chaval de doce.
Ana ¿Fue Lucrecia la hija mimada
del Papa o una verdadera marioneta en manos de la política y la situación de la
época? Es más... ¿llegó a ser feliz?
Ana Martos:
Todas las mujeres
han sido marionetas en manos de la familia, del padre, de los hermanos, del marido
o de los hijos y Lucrecia fue una más. Como todas. La mujer se ha liberado de esto
hace bien poco. Las mujeres lo sabían desde que nacían y aceptaban de grado o por
fuerza el papel que les tocaba desempeñar, como sucedió con las hijas de los
Reyes Católicos o, sin ir más lejos,
con las princesas del siglo XIX. Y como las hijas de los magnates del siglo XX,
que es un caso similar.
Seguramente fue feliz porque tuvo lo que le gustaba, una corte, un marido y varios
hijos, un séquito de amigos, poetas, intelectuales, artistas, gente variopinta muy
valiosa que la adoró y la trató de gran señora, allá en su corte de Ferrara. Claro
que tuvo momentos dolorosos, pero la felicidad no es un continuo ni lo ha sido nunca.
Siguiendo con Lucrecia, Alejandro
VI tuvo que ausentarse del Vaticano un tiempo y dejó el gobierno en manos de su
hija, de una mujer... ¿Cómo se explica ese hecho? ¿Cómo se lo tomó la Iglesia?
Ana Martos:
Eso pone de relieve
que el papa Borgia era progresista y no era machista en absoluto, porque confió
en Lucrecia como confiaba en sus hijos varones. Ella ya había sido gobernadora de
Nepi antes de regentar los Estados Pontificios. Y creo que lo hizo muy bien, aunque
con gran escándalo, porque la Iglesia ya sabemos que tiene dos
enemigos mortales: la mujer y el judaísmo.
Los Estados Pontificios (hoy reducidos a la ciudad del Vaticano) y la
Iglesia son, como dije, un país soberano
que hay que regentar desde el punto de vista político, económico y social. Da igual
que lo regente un hombre o una mujer. Entonces había mujeres que regentaban ciudades
estado, como Catalina Sforza, sin escándalos. Lo que pasa es que
el Vaticano se dice sede santa de no sé de qué dios y los Estados Pontificios se
decían establecidos por San Pedro. De ahí el escándalo. Hoy, que sabemos que ni
es una sede santa, ni tiene nada que ver con Dios ni con San Pedro, podemos ver
que no hubo base para el escándalo. El escándalo, ya puestos, es el hecho de que
exista el Vaticano y de que hayan existido los Estados Pontificios. Que, por cierto,
no existen porque los italianos se los arrancaron a viva fuerza al último papa rey
Pío IX.
Juan Borgia, que iba destinado
a militar aunque prefería la juerga, murió joven, y
César Borgia, que debía ser eclesiástico, prefirió la carrera
de las armas y ocupó su lugar... ¿Crees que a su padre, el Papa, se le fue de las
manos la trayectoria de su hijo? Mejor dicho: de sus hijos Juan y César.
Ana Martos:
He comparado a César
Borgia con el monstruo de
Frankenstein, que se le fue de las manos
a su creador. Una criatura fuerte y poderosa que se dispara fuera del control de
su creador y amo. Claro. Juan y César fueron hombres típicos de la época.
Juan, un chico bien,
con belleza, dinero y poder, un botarate que murió en cualquier esquina persiguiendo
a cualquier mujer. De hecho hay cartas del papa a su hijo intentando llevarle por
el buen camino y regañándole por sus tropelías, como cualquier padre haría con un
hijo que le ha salido calavera.
César fue un gran condottiero encargado de recuperar el poder que la Iglesia
había perdido en manos de los señores feudales de varios de los Estados Pontificios,
pero su ambición le llevó a apropiarse parte de lo reconquistado. Es lógico. El
hijo de un príncipe sabe que heredará cuando su padre muera. El hijo de un papa
sabe que lo perderá todo cuando su padre muera. Hay que hacerse un patrimonio mientras
el padre viva.
¿Maquiavelo influyó de forma
intensa en César Borgia? ¿Quién movía los hilos?
Ana Martos:
Maquiavelo escribió
El Príncipe fijándose en César Borgia, en lo que era y en lo que representaba.
Para Maquiavelo, César encarnó el príncipe que Italia necesitaba en aquel tiempo
para unificarse como país y para liberarse de la codicia de las potencias internacionales
que se repartían sus pedazos. Maquiavelo le debió aconsejar pero siempre dentro
de la ideología y personalidad de César. Creo yo. Cuando se conocieron, César ya
tenía muy claro qué quería y cómo y cuándo conseguirlo. El mismo Maquiavelo lo dice.
Hemos visto que la falsificación de documentos estaba a la orden del día, y que
precisamente los
Reyes Católicos utilizaron
uno falso. ¿Ocurría algo cuando se descubría el fraude, o era un “mal consentido”?
Ana Martos:
Es cierto que todo
el mundo falsificaba lo que necesitaba. Las falsificaciones se empezaron a descubrir
en el Renacimiento y salieron a la luz en la Ilustración. Si el falsificador era
poderoso, como los Reyes Católicos, ya vemos que no pasó nada. Cuando la Iglesia
falsificó la Donación de Constantino, los reyes fuertes no le hicieron caso y solamente
los débiles se lo creyeron y aceptaron el documento. Finalmente, Lorenzo Valla descubrió
la falsificación.
Voltaire puso de relieve la falsificación
de una obra de Flavio Josefo que menciona a
Jesús de Nazaret.
Ana, Jofré Borgia, el más “light”
por decirlo así, ¿fue un ser apático? ¿quizá un renacentista soñador? ¿o tal vez
su esposa, Sancha, lo eclipsó con su carácter activo y dinámico?
Ana Martos:
Puede que sí, puede
que Jofré sólo quisiera vivir una vida tranquila y normal y hasta lo consiguiera.
En aquella época había libertad de acción y Sancha pudo moverse a su gusto mientras
el marido se dedicaba a leer y a hacer música o a cazar. Alguna vez se puso en marcha
para defender a su familia o para obedecer a su padre, pero debió ser algo puntual.
No sé casi nada de él y mucha gente desconoce su existencia, porque no sobresalió.
¿Era típico echar cadáveres al río Tíber o sólo se hacía con maleantes y ajusticiados?
Ana Martos:
Los ríos de las grandes
ciudades sirvieron para deshacerse de desechos humanos, animales, vegetales y minerales.
Así andaba la contaminación en aquellos tiempos y por eso se declaraban tales
plagas de peste, tifus, cólera y fiebres. No
se conocía la acción de los gérmenes patógenos (hasta el XIX con Pasteur) y se creía
que las enfermedades procedían de aires envenenados por la acción conjunta de planetas
negativos y cosas así. El macrocosmos sustituía entonces al microcosmos de hoy.
Cabe suponer que las aguas infectas del río pudieron ser la causa de muchas muertes
atribuidas al veneno, como bien apuntas. Aún así, Ana ¿el envenenamiento era algo
habitual en aquella época o nos ha llegado más a modo de leyenda?
Ana Martos:
El envenenamiento
fue habitual desde los tiempos antiguos, porque facilitaba deshacerse de enemigos,
pero se infló su efecto. Seguro que se tomó por veneno más de un caso de disentería,
tifus o cólera morbo. Además hay que tener en cuenta la sífilis, que se propagó
también a raíz de las campañas de la fornicación de los franceses en Italia. La
sífilis se descubrió casi en el siglo XVII y muchos enfermos de sífilis pasaron
por envenenados.
El último de
los 7 Borgia que nos muestras en tu obra es Francisco, nieto de Juan
Borgia, y convertido en San Francisco de Borja
años después. ¿Harías un “flash” breve de cada uno de los siete Borgia resaltando
únicamente su aportación más importante a la Historia? (Alonso, Rodrigo, Juan, César,
Lucrecia, Jofré, Francisco).
Ana Martos:
Alonso
aportó el final de Cisma de Occidente y la recuperación de parte del Mediterráneo
ocupado por los turcos.
Rodrigo aportó una visión progresista del papado, la validación
del matrimonio de los Reyes Católicos, la creación de un ejército propio de la Iglesia
para defender los Estados Pontificios sin recurrir a la protección de los reyes,
el intento de unificar Italia contra los extranjeros, la construcción de obras de
arte en el Vaticano, la demostración de que una mujer puede regir los destinos de
la Iglesia sin que pase nada, una constitución liberal para los súbditos del papado
que incluía la participación ciudadana.
Juan no aportó nada voluntariamente. Involuntariamente aportó a
Francisco de Borja que fue su nieto.
César aportó una personalidad sobresaliente, una fuerza descomunal
y un sentido militar más capaz que muchos de los condottieri destacados
de entonces. Fue digno amigo del Gran Capitán y si éste le traicionó fue porque
el mismo Fernando el Católico y el papa Julio II le tuvieron miedo. Y le tuvieron
miedo cuando ya su padre el Papa había muerto, señal de que seguía teniendo fuerza,
poder y carisma. En Viana, en Navarra, muchos le tienen por héroe nacional porque
murió allí combatiendo por Navarra contra las tropas del rey Católico que quería
anexionar Navarra a Aragón. En realidad combatió porque su cuñado, el rey de Navarra,
le puso al frente de sus ejércitos y él era condottiero y militar ante
todo.
Lucrecia aportó la protección a las artes y las letras en su ducado
de Ferrara, donde hubo, como dije, numerosos artistas e intelectuales que crearon
maravillas bajo su mecenazgo.
Jofré aportó una faceta que señala que se puede pertenecer a una
familia y ser distinto de todos en todos los aspectos. Creo que nada más.
Francisco de Borja aportó una existencia singular, el ejemplo de
un rico poderoso que renuncia a la riqueza y al poder para entregarse a predicar
y que no se deja tentar por las prebendas de cardenalatos y papados. Es un ejemplo
de lo que deberían ser todos los religiosos cristianos y demuestra que en cada siglo
hay un personaje que hace lo que hay que hacer cuando uno se autodenomina religioso
cristiano. El de nuestro siglo es Teresa de Calcuta. Uno por siglo no es mucho.
Los demás no valen nada.
Como historiadora ¿A qué atribuyes principalmente la leyenda negra sobre los Borgia?
¿Y por qué crees que hoy en día todavía persiste?
Ana Martos:
La atribuyo a la envidia
y a la frustración de quienes perdieron lo que ellos ganaron. Y también a lo mucho
que venden la calumnia y el escándalo. Persiste entre los que han leído libros o
han visto películas que propagan esa leyenda y no han buscado la visión contraria.
Pero hay mucha gente que sí la ha buscado y que cree que fueron personajes muy valiosos.
Joaquín Leguina, que es un hombre
culto y con muchos valores y a quien admiro, me dijo que él admiraba la figura de
César Borgia como gran militar. Ni se le ocurrió hablar de crímenes ni fratricidios.
En la Rioja, donde
di una conferencia sobre esta familia, muchos navarros me dieron la enhorabuena
por haberles defendido. Que ya era hora.
Ana... Una vez, el padre de un amigo de mi hermano, un hombre realmente sabio, nos
dijo algo así como: “Estudia en la vida lo que quieras, lo que te guste, y ten la
seguridad de que nunca te aburrirá porque nunca llegarás a saberlo todo”.
Cuando se trata de
investigar sobre la Historia y hay que lidiar con documentos falsificados, opiniones
opuestas, libros perdidos para siempre y otros encumbrados como artículo de fe,
imagino que te has de sumergir en un laberinto interminable... ¿Ves en algún momento
el final del “túnel”?
Ana Martos:
Llega un momento en
que se ve claro que esto sí y que esto no. También es verdad que la filosofía señala
que lo objetivo no existe porque todo es subjetivo, pero hay que tratar de llegar
allí. Por ejemplo, en el caso de Pablo de Tarso que mencioné antes, he cambiado
diametralmente de idea respecto al personaje a raíz de investigar largamente sobre
él. En otros casos, he buscado verdades en asuntos tan complejos como las persecuciones
de Roma contra los cristianos, hasta encontrar algo que me ha convencido totalmente,
por lógico, por congruente, por claro.
La Psicología enseña
que toda conducta va encaminada a un fin. Por tanto, cada vez que me encuentro un
comportamiento en la Historia, me preguntó por qué y para qué. Eso es lo que indago.
No sé si en otros casos me encontraré el túnel cerrado. Ya veremos.
Detalles de las costumbres y vidas de la época que aparece en tu libro nos resultan
ahora chocantes y hasta ridículas... ¿Te has preguntado alguna vez, Ana, cómo nos
verán los historiadores dentro de quinientos años? ¿Se te ocurre qué les llamaría
más la atención de nuestra sociedad actual?
Ana Martos:
Seguramente habrá
alguien que pondrá en circulación la historia de que un rey o un gerifalte de entonces
desciende en línea directa de los hijos ocultos que tuvieron
Don Quijote y Dulcinea y lo venderá
como una historia verdadera basada en documentos antiguos y secretos. Será la versión
del siglo XXX de las actuales novelas de amor y aventuras sobre Jesús y la Magdalena,
que mucha gente toma por realidad.
Una vez le preguntaron a
Einstein con qué armas se lucharía en
la Tercera guerra mundial, y la respuesta fue: “En la Tercera no lo sé, pero en
la Cuarta con piedras”.
Como historiadora
y psicóloga ¿percibes algún cambio positivo en general? ¿Te parece que, en esencia,
dejando a un lado las comodidades y la tecnología, la Humanidad ha cambiado mucho
en cuanto a valores?
Ana Martos:
Ya he dicho antes
que creo en la gente pero eso excluye a los dirigentes, al menos, en su mayoría.
La Humanidad sigue buscando el amor, la solidaridad,
la amistad, la igualdad y otros valores
espirituales. Los dirigentes, que son los que mueven el mundo, siguen buscando lo
mismo que los anteriores, el poder, el dinero, la
capacidad de manipular, la deificación
de ellos mismos. ¿Qué le vamos a hacer?
Lo que han cambiado
son los instrumentos para esas búsquedas. Antes se hacían a mano y ahora se emplea
Internet. En el siglo VII, Gregorio de Tours entrevistó al rey Childerico bajo una
parra de uvas y manzanas en el palacio de Chelles. Hace menos de cuarenta años,
tú y yo estaríamos sentadas en una sala, tú preguntarías y anotarías y yo hablaría
por los codos. Hoy hacemos lo mismo con el teclado del ordenador y la proximidad
virtual que nos ofrece Internet.
Anika, que dirige esta revista, acudió a la presentación de tu libro en Valencia
y se encontró con, al menos, dos puristas muy ofendidos con
Mario Puzo por su libro “Los Borgia” (Puzo
era un escritor que adoraba la historia de los Borgia y quiso ser lo más fiel posible
a su historia, de hecho Anika confesó que muchas de las cosas que tú comentaste
en esa charla, ella las conocía por la obra de Puzo). Uno de ellos ni siquiera había
leído el libro pero estaba igualmente ofendido, la otra quiso hacer entender que
sus orígenes estaban en una rama de esta familia. Según le dijiste a Anika, tú no
habías leído el libro ni habías visto la película que se había hecho en ese momento.
Anika me pidió que dijeras algo al respecto de los puristas que impiden ampliar
el conocimiento y discusión de algo histórico con demasiados secretos como
para quedarse con una sola versión.
Ana Martos:
Los puristas son como
los
fanáticos de las creencias. Cuando uno cree saberlo todo o haber
recibido una verdad revelada, lo demás le sobra. Impiden ampliar el conocimiento
cuando tienen poder, pero no lo impiden cuando no tienen poder. Se puede ampliar
fuera de su área de influencia.
No he leído el libro
de Mario Puzo pero
sí he visto la película y sigo diciendo lo mismo que entonces. El cine es visual
y la literatura es mental. Con la palabra, que es abstracta, se llega a cualquier
sitio, pero lo sensitivo se limita a lo concreto, a lo que se ve, se oye, se toca,
se huele… Creo que la obra de
Mario Puzo es una novela aunque no estoy segura. Si lo es, vuelvo sobre
lo que dije de las novelas. No hay comparación posible entre una novela, una película
y un ensayo. Son unidades heterogéneas.
Vamos pues, al futuro próximo ¿vas a publicar algo a corto plazo o estás trabajando
en algún proyecto literario?
Ana Martos:
Acabo de publicar
"Pablo de Tarso, ¿apóstol o hereje?"
Creo que después del verano publicaré otro que acabo de terminar, pero no te lo
puedo decir porque la editorial no quiere que comente hasta que salga.
En fin, Ana, pues por mi parte ya está. ¿Te gustaría añadir algo más?
Ana Martos:
Que ha sido un placer
conversar contigo y responder a todas tus preguntas, por cierto, inteligentes y
certeras.
Ana, creo que tengo la obligación moral de decirte que yo siempre fui más de Ciencias
que de Letras y que le tenía “tirria” a la Historia; vamos, que aprobé los cursos
por el sistema de copiar a mi compañera o vía “chuleta”. Y digo esto porque, aun
así, tu libro me ha captado de inmediato. La sencillez con que está escrito, la
gran cantidad de información, las anécdotas... En fin, he aprendido un montón (evidentemente)
pero me he enterado de muchas cosas que no se estudian habitualmente y hasta he
soltado alguna carcajada. ¡Mi más sincera enhorabuena, Ana, por una obra tan trabajada,
intensa y brillante! ¡Y gracias por la entrevista!
Ana Martos:
Mil gracias a ti,
sobre todo por estas últimas palabras. Me haces sentir más orgullosa de lo que ya
me sentía con este libro que es, por cierto, mi primer libro de historia.
Pilar López Bernués ©
www.ciberanika.com
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Ficha "Los 7 Borgia" en Anika Entre Libros
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