ENTREVISTA
Ricardo,
para empezar, ¿cómo se gesta esta novela que tanto éxito está teniendo?
Ricardo Menéndez Salmón:
La ofensa surge de una intuición
poética muy simple, la de un hombre enfrentado a una manifestación extrema del horror.
La primera imagen que me asaltó fue la del episodio central, la quema de la iglesia;
en realidad,
La ofensa no es más que el intento por dotar de un antes y un después
a ese suceso, por revestir de unas circunstancias particulares ese hecho capital
para así reflexionar sobre sus consecuencias éticas, a nivel individual, y morales,
a nivel colectivo.
La ofensa entra en materia ya en las primeras páginas y
a lo largo de ella eludes cargarla con demasiados datos históricos yendo directamente
al grano. ¿Tenías intención de que así fuera o te surge de forma automática, teniendo
en cuenta que te has dedicado mucho tiempo al relato corto?
Ricardo Menéndez Salmón:
La apuesta por la concisión fue consciente.
Desde el principio tuve claro que no quería escribir otra narración de guerra al
uso, donde una multitud de
personajes o el detalle en la peripecia
fueran lo más importante. Mi objetivo era una dramatización plena, que la novela
trabajara no por acumulación, de forma centrífuga, sino por condensación, de forma
centrípeta. Desde esa óptica es posible que mi vocación de escritor de relatos haya
desempeñado en la redacción de
La ofensa un papel, si no esencial,
al menos importante.

Tengo la sensación de que la
Segunda Guerra Mundial no es más que
una excusa para poder reflexionar sobre ciertos aspectos del ser humano. Podría
haber sido cualquier otra guerra y el contenido podría ser el mismo.
Ricardo Menéndez Salmón:
Sin duda. Si uno bucea en la Historia,
encuentra que, bajo la infinidad de guerras vividas, alientan unos pocos intereses
una y mil veces repetidos: el ansia de territorio, la implantación de una ideología,
el provecho económico. Kurt podría ser un marine en Bagdad, un soldado
de Thiers durante la Comuna o un extremeño en los tercios de Flandes. Lo que sucede
es que la Segunda Guerra Mundial me interesaba por dos
razones fundamentales: porque de ella surgió el dibujo de la Europa que a mí me
ha tocado vivir, al menos hasta la caída del Muro, y porque en su interior lleva
esa especie de agujero negro de nuestra cordura como especie: el
Holocausto.
Supongo que la pérdida de sensibilidad del protagonista es una metáfora de lo que
sentimos todos cuando vemos la televisión y ya no sentimos ningún tipo de dolor
ante las guerras que hay. Parece que nos hemos inmunizado contra las imágenes que
nos llegan.
Ricardo Menéndez Salmón:
Estoy convencido de que nuestra capacidad
para sentir se viene resintiendo hace tiempo por hartazgo. Somos como una pila saturada.
O, si quieres, como una civilización decadente, a la que ya nada admira ni sorprende,
salvo las estupideces, las frivolidades y las extravagancias. Estamos tan acostumbrados
al horror, aunque sea casi siempre un horror televisado, diferido, experimentado
al modo de los esclavos de la caverna platónica, que vivimos adormecidos. En ese
sentido, es obvio que Kurt puede ser admirado como un símbolo, como una metáfora
de la actitud que buena parte del mundo mantuvo durante mucho tiempo frente a un
fenómeno como el
nazismo.
El otro gran tema de la novela es el cuerpo. Hasta qué punto el cuerpo se puede
desvincular de la mente humana. ¿Has reflexionado mucho sobre ello antes de escribir
la novela?
Ricardo Menéndez Salmón:
Por mi formación filosófica siempre
me ha apasionado el problema del cuerpo. Dónde están sus límites, si eso que llamamos
mente tiene una base material o es algo más, las grandes preguntas acerca del dualismo
alma/cuerpo. Ligado a esos debates aparece,
obviamente, el tema de la sensibilidad. ¿Es la sensibilidad algo exclusivamente
natural o los procesos culturales, nuestra educación, por ejemplo, influyen sobre
ella?
Ahí hay mucho de Platón, ¿no?
Ricardo Menéndez Salmón:
Hay Platón, por descontado, porque
allí donde surge un debate filosófico serio es imposible escapar a Platón, pero
también hay mucha filosofía racionalista, con la oposición entre una postura idealista,
que vendría representada por
Descartes, y una postura materialista,
que es la que a mí me compromete, representada por Spinoza, a quien considero el
gran filósofo del cuerpo.
Hay un momento en que se dice en el libro “al fin y al cabo, aunque parezca poca
cosa, un nombre es lo que somos”. Muchas veces, cuando no somos un nombre, somos
un número. ¿Forma parte eso de esa falta de sensibilidad del ser humano hacia el
ser humano?
Ricardo Menéndez Salmón:
La conversión del individuo en dígito,
como en
Auschwitz o en las listas de la Seguridad Social, es, en efecto,
sumamente perversa. Hay un olvido del rostro, de la biografía, de lo singular en
quienes nos rodean, que provoca pánico. Los muertos del Primer Mundo aún tienen
rostro, pero qué pasa con los muertos en las hambrunas y en los desastres naturales,
qué pasa con los muertos que en
Irak son sólo una cifra en la web de
Human Rights Watch o del Pentágono. Si lo piensas fríamente, vengar la ofensa de
los 3.000 muertos de las Torres Gemelas ha implicado
convertir en mera estadística a cientos de miles de personas en todo el mundo. Por
desgracia, los muertos no son cantidades homogéneas.
En la novela, Kurt, un sastre que vive humildemente de su trabajo, de repente se
ve invadiendo Francia, donde, viendo la fiereza de los alemanes, pierde la sensibilidad.
Supongo que has querido reflejar también la importancia del azar en la vida de Kurt
(que por extensión podría ser cualquier otra persona).
Ricardo Menéndez Salmón:
Las tres partes de
La ofensa pueden ser leídas como
acercamientos a grandes ideas, la muerte, el amor o la fatalidad, ideas hegemónicas
que nos comprometen como individuos desde hace miles de años. Y es cierto que el
azar, sobre todo en la primera y en la última parte del libro, desempeña un papel
primordial. Kurt se ve empujado a vivir una vida ajena, con la que nunca había soñado.
Estoy convencido de que nuestra existencia depende, con mucha mayor intensidad de
lo que creemos, de la casualidad.
Una curiosidad, tú que eres licenciado en Filosofía, ¿hay algún filósofo que te
guste especialmente de los que se han ocupado de dar explicaciones a la situación
del ser humano en situaciones de guerra?
Ricardo Menéndez Salmón:
Yo soy un pesimista antropológico.
Creo que el Homo sapiens, como especie, no tiene remedio, aunque existen
hombres y mujeres maravillosos. Desde esa perspectiva, me interesan todos aquellos
filósofos que han estudiado la guerra como algo irremediable, casi orgánico, como
parte consustancial a nuestra naturaleza: desde
Heráclito hasta
Hegel, pasando, por supuesto, por
Maquiavelo o
Hobbes.
Ricardo, para acabar, algunos escritores como
Rosa Montero, Enrique Vila-Matas… han
elogiado tu novela. ¿Qué se siente ante estos comentarios?
Ricardo Menéndez Salmón:
Se siente gratitud, por descontado,
porque, al menos en el caso de
Vila-Matas, no tengo el placer de conocerlo,
lo que me lleva a pensar que su elogio es sincero y desinteresado. Y también se
experimenta cierto vértigo, porque uno, de pronto, se halla en boca de personas
que, hasta hace muy poco, veía muy lejanas.
Pues felicidades por el éxito de la novela y muchas gracias por tu tiempo.
Ricardo Menéndez Salmón:
Muchas gracias a ti, Manel, y a todos
los que lleváis adelante este proyecto.
Manel Haro ©
www.ciberanika.com
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