ENTREVISTA
En la novela, el protagonista, disecciona su vida y su alma como lo haría un forense
y nos la presenta sobre la mesa en toda su plenitud, pero es una vida llena de frustraciones
y sueños no realizados. ¿Refleja esa vida una conformidad amarga o las ilusiones
perdidas de quién se resigna a que nunca se realicen? ¿Cómo un signo de cobardía?
Lucía Parrilla:
En
“La inteligencia fracasada” de
J. A. Marina se describe el caso de un hombre que toda
su vida arrastró la frustración de no haber sido cirujano, cuando nunca llegó ni
a estudiar medicina.
Yo
creo que mi protagonista es en realidad un soñador, pero del tipo cobarde, es decir,
necesita tener sueños a los que aferrarse por miedo a que si se cumplan lo defrauden,
lo dejen vacío y entonces no tenga ilusiones que le impulsen a vivir. Además, vive
preso de tres fantasmas que lastran su existencia: uno, el de la muerte, que tan
pronto teme como anhela; otro, la creencia de que es su entorno, ese pueblo que
él percibe como asfixiante, el culpable de que sus sueños no se hayan realizado;
por último, la persecución del amor ideal, novelístico, que
le hace no valorar el de la mujer que tiene a su lado que es la que en realidad
lo ha amado desde siempre.

En la novela resaltas de alguna manera el entorno, ese pueblo de provincia que intenta
realzar su importancia e identidad pero sin olvidar el pasado. ¿Cualquier tiempo
pasado fue mejor?
Lucía Parrilla:
A nivel
individual, puede que sí; cuando llega la vejez y si no sabes asumirla (para lo
cual se necesita una gran labor de autoterapia), puedes pensar que tu época juvenil
o incluso tu madurez fueron magníficas (y eso gracias a la piadosa labor del olvido).
Pero a nivel social, pienso que cualquier época, incluidas las venideras, serán
necesariamente mejores, porque aunque admire los logros y esplendor de las grandes
civilizaciones pasadas, reconozco que la situación del pueblo llano era penosa.
Y aunque pueda pecar de una
infantil ingenuidad, a la vista de las
condiciones de vida actuales en otros países, al menos somos conscientes de esas
injusticias y se levantan voces para terminar con ellas.
Por
eso quiero pensar que el futuro, aunque sea muy lejano, debería ser mejor. Eso,
si a la madre Naturaleza no le da por ponerse flamenca, tal y como predicen los
científicos, en cuyo caso prefiero no pensar en lo que pueda aguardar
a la Humanidad.
En estos pueblos, el maestro y el cura eran los pocos transmisores que había de
la cultura. Una especie de cronistas locales. ¿Ha despertado en ti ese sentimiento
de guardar o conservar ese pasado aunque sea a través de
personajes ficticios?
Lucía Parrilla:
Debo
decir que, actualmente, y no sólo en estos pueblos, los curas han perdido mucha
parroquia. Y en cuanto a los maestros, nos vemos negros para transmitir la cultura,
pues parece como si lo hiciéramos “en contra de” nuestros alumnos y es que en parte
se ha perdido ese concepto antiguo del valor de la cultura como factor de promoción
social que, aunque de tinte utilitarista, era un potente motor.
Puede que quizá haya actuado en mí ese espíritu de cronista, al ubicar la acción
de la novela en el paisaje tan concreto de mi pueblo y describir sus fiestas, los
rituales del cortejo amoroso de antaño, la presión social como freno a la libertad
individual, el concepto clasista de esas sociedades rurales...
Pero
para mí ha sido más importante describir el paisaje interior de los hombres, aunque
sean ficticios o las costumbres cambien. Al fin y al cabo,
Unamuno decía que no hay Historia tan
universal como las pequeñas historias particulares de cada cual...
Seguramente, muchas personas al leer tu novela habrán esbozado una sonrisa porque
se habrán visto reflejados en alguna de las escenas. ¿Qué pueden sacar esas persona
de positivo de la lectura de tu libro?
Lucía Parrilla:
Realmente
muchos lectores me han hecho ese comentario, que se han visto reflejados en algunos
de los protagonistas, -sobre todo en el principal- o en algunos de los episodios
que el libro narra. Quizá porque en esa época las condiciones de vida eran muy similares
para todos los que vivimos esos años.
Creo
que lo que se puede sacar de positivo es la sensación de “no haber estado solo”
en esa travesía vital y que todos, aunque sea al final, podemos no darnos por vencidos,
actuar, introducir algunas variables en nuestra vida a ver qué pasa y darnos otra
oportunidad.
¿Crees entonces que quizá no se sentirán tan solas, que el que no se consuela es
porque no quiere?
Lucía Parrilla:
Sí,
puede ser. Pero también hay un grupo de personas “patológicamente inconsolables”,
lo cual es una forma lamentable de estar en la vida. No obstante, yo las animaría
a ser valientes por una vez tan sólo. O que lleven la resignación al terreno religioso,
que aporta también un consuelo. Lo que ocurre es que a mi protagonista le falta
ese asidero de la fe.
De
todos modos, confío en que cada cual pueda sacar su propia conclusión de autoayuda,
aunque el libro de ninguna manera fue concebido para tal fin.
¿Una novela tan localista puede tener un público fiel fuera del entorno de la historia?
Lucía Parrilla:
Creo
que sí, porque lo principal no es lo que sucede en ese entorno, sino en el interior
de cada cual y en ese campo de las emociones humanas todos somos tan parecidos...
Otro aspecto a destacar es la importancia que le das a las relaciones entre
padres e hijos. ¿Ha cambiado algo a
lo largo de los años o crees que el comportamiento de unos y de otros sigue exactamente
igual?
Lucía Parrilla:
Hay
un refrán local que dice “Los escarabajos, a sus hijos le llaman soles”.
Significa que para nosotros
nuestros hijos son lo más maravilloso del mundo.
Incluso nos hacemos voluntariamente ciegos a sus defectos, que vemos perfectamente
en los hijos de los demás.
Pero hay casos en los que muchos padres frustrados en su proyecto de vida, esperan
resarcirse de su fracaso a través del triunfo de los hijos. Hay que tener mucho
cuidado con esto, y amarlos lo suficiente para aceptar que escojan por sí mismos
su propio camino hacia la relativa felicidad que puede esperarse en este mundo y
estar a su lado en sus equivocaciones, pero al menos, que tanto una como otras,
sean escogidas libremente por ellos. Los padres podremos mostrarles los caminos
(pero sólo los que nosotros hemos transitado, o referirles experiencias aprendidas
en cabeza ajena), pero al final creo que ellos son mucho más sabios con su vida
que la que podríamos transmitirles con la nuestra.
Cuando nuestros sueños no se cumplen intentamos crear en nuestros hijos un clon
de lo que a nosotros nos hubiera gustado ser. ¿Crees que el protagonista se siente
frustrado por no conseguirlo con su hijo?
Lucía Parrilla:
La
frustración que el protagonista siente hacia su hijo, que se ha ido convirtiendo
en indiferencia, es más un reflejo de su propia frustración. En cuántos casos ese
“amor por los hijos” no va teñido de “amor propio”. Por eso creo que es tan importante
la introspección, y en ese aspecto, mi protagonista es implacable, lo cual le permitirá,
antes de que sea demasiado tarde, salir de su mundo egocéntrico y
autodestructivo y descubrir la salvación
en el amor a sí mismo y a los que le rodean.
Una de las cosas que más me ha gustado es el cuidado que pones en el lenguaje. ¿Se
está perdiendo el gusto y las claves del uso del lenguaje en algunas publicaciones?
Lucía Parrilla:
Al
igual que mi personaje, yo fui una lectora precoz. Y tuve la "suerte" de que por
entonces no hubiera literatura infantil o juvenil. Así que tuve
que empezar muy tempranamente por los grandes clásicos y algo se pega en cuanto
a riqueza de vocabulario. Es verdad que ya de mayor, he disfrutado muchísimo con
Enid Blyton, con
Richmal Crompton
(y su Guillermo el travieso), con
Lucy Maud Montgomery (y su valerosa Ana de las Tejas Verdes, desde su infancia
hasta su vejez), con Elena
Fortún (y su “Celia”) y actualmente con
J. K. Rowling y Jonathan
Stroud (libros que compro para mí, pues a mis hijos ya se les “ha
pasado la edad”).
Cuando a los cuatro o cinco años descubrí la lectura, se me abrió mi limitado mundo.
Puede que de haber existido la
televisión, nunca hubiera tenido esa
oportunidad, no lo sé. Por otra parte, algo habrá de genética, pues mi abuelo, mi
padre y sus hermanos eran excelentes narradores y cuando se ponían a referir algún
suceso, anécdota o experiencia de sus vidas, congregaban a su alrededor a un corro
de oyentes.
De todas maneras, en la narrativa actual hay autores ante los que me quito el sombrero
(y no me pongo verde-amarillenta porque no soy envidiosa), pero admiro cómo usan
la palabra, de un modo que yo no haría ni en mil años. En cambio, cuando leo uno
de estos
best-sellers, pródigos eso sí, en tramas trepidantes, rocambolescas
o de un furioso romanticismo, pero con un estilo tan ramplón y simplista, sufro
una barbaridad.
Pero tampoco me gusta hacer del lenguaje algo retorcido y casi ininteligible, algo
a modo de “jerga elitista” y convertirlo en un fin en sí mismo, en lugar de un medio
de comunicación.
Esta es, si no me equivoco, tu primera novela. ¿Has probado antes con algún otro
género?
Lucía Parrilla:
La
ignorancia es la madre del atrevimiento. Escribí esta novela con apenas media docena
de relatos breves a cuestas. Y , claro, también con esas “poesías” satíricas que
se leen al final de las comidas de trabajo, repletas de alusiones a lo acontecido
en el mundillo laboral y llenas de chistes privados. Incluso hice una tragicomedia
iconoclasta parodiando en verso una de nuestras leyendas locales. Locuras para pasar
el rato.
Dinos, ¿qué se siente cuando ves publicada tu novela, tu esfuerzo, con tu nombre
impreso y tu historia encuadernada?
Lucía Parrilla:
En
principio, miedo y una gran responsabilidad al exponer tu obra a la crítica del
público, que no es tan benevolente como tu familia, sufrida oyente de tus primeros
pinitos. Pero cuando realmente disfruté fue mientras la escribía, esos momentos
mágicos en los que parece que alguien escribe a través de ti y sientes la emoción
de expresar algo que llevas muy dentro e incluso has estado reprimiendo expresar
años y años por ese pánico a la hoja en blanco.
La presentación del libro, tanto en mi pueblo, como en Sevilla, fue muy emotiva,
pero estuvo empañada para mí por la preocupación y el dolor, pues entre ambos acontecimientos
transcurrieron los días finales de mi madre que, por su estado, ni siquiera fue
consciente de la nueva actividad emprendida por su hija en estos últimos años.
Supongo que tienes algún proyecto nuevo. ¿Para cuando?
Lucía Parrilla:
Inmediatamente
después de “El
forense” escribí una novelita juvenil en clave de humor,
“Tommy´s men y el fantasma del Carrascal”,
un guiño a esta literatura que no pude leer en mi infancia. Mis hijos son los protagonistas,
pues al pequeño le hacía ilusión aparecer en algún libro y lo convierto en un detective
que, acompañado por sus amigos, desentrañan un misterio de rabiosa actualidad aún
no resuelto. Es posible que la edite la “Fundación Ilugo”, de mi pueblo natal, dentro
de sus proyectos futuros.
Ahora llevo a medias esos cuentos que inventaba para hacer comer a mi hija mayor,
el gran tormento de las madres primerizas, y en el prólogo le pido perdón por haber
semitraumatizado su infancia con mi solicitud nutricional. Se llamarán “Cuentos
para una niña inapetente”, pero creo que se quedarán en una autoedición
limitadísima, sólo para regalar a mis hipotéticos nietos.
También sigo con mis colaboraciones en la revista digital “Otrarealidad.net” y
prefiero no hacer más proyectos y dejar que el azar gobierne en parte mi vida.
Ha sido un placer leer tu libro y conocerte, Lucía. Mucha suerte y hasta pronto.
Lucía Parrilla:
El
placer ha sido mío y os agradezco de corazón tanto a ti, Celia, el interés que has
puesto en la lectura de la novela y en la elaboración de esta entrevista, como a
Anika, por hacerme un hueco en su magnífica web. Un abrazo muy fuerte.
Celia Santos ©
www.ciberanika.com
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Ficha "El forense"
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