ENTREVISTA
Creo que no puedo dejar de preguntarte si, aparte del hecho de haber sido
inmigrante en tu infancia, hay algún
otro dato autobiográfico en la novela.
Carmen Santos:
La única parte de la novela que tiene una fuerte base autobiográfica es la que narra
los recuerdos de cuando la protagonista, Clara Rosell, vivió en Alemania durante
los años sesenta y setenta porque sus padres tuvieron que emigrar. Para escribirla,
recurrí a algunos de mis recuerdos de Alemania y a historias que oí contar a los
adultos, verifiqué las fechas de acontecimientos históricos, películas, canciones,
y objetos de la época que menciono en la narración y lo mezclé todo con mucha ficción.
El resto de la novela es pura fabulación.
La novela comienza con un hecho intrigante, y poco a poco se convierte en casi una
novela negra sin dejar de lado las historias de amor y el relato “casi erótico”
¿Cómo se consigue mantener ese ritmo durante toda la novela?
Carmen Santos:
Controlando constantemente que la historia no vaya por derroteros no deseados y
que unas subtramas no se coman a las otras. Para eso, reviso y corrijo sin parar.
También borro mucho material ya escrito, a veces con gran dolor de corazón, si veo
que no aporta nada a la historia o se desvía del guioncito que siempre me preparo
antes de ponerme a escribir y que procuro respetar lo más posible. Eso no quiere
decir que no improvise durante la redacción de una novela, incluyendo en la trama
nuevos matices, personajes que no estaban previsto o tramas secundarias, pero, como
dicen los cineastas: siempre improviso sobre un
guión.
Hablando de relatos eróticos, todas tus novelas tienen un importante componente
“sensual”. ¿Crees que puede ser un reclamo para
el lector o por el contrario es tu sello
personal?
Carmen Santos:
Cuando escribo una novela, nunca me planteo el componente “sensual” como un reclamo
para el lector. Tampoco me he preguntado nunca si eso es mi sello personal. Lo que
si que he tenido claro siempre, ya desde mi primera novela, es que si estoy narrando
una historia de amor llena de pasión, no me voy a detener en el primer beso casto
y puro de los protagonistas. ¿Por qué no desarrollar ese amor desde las dos vertientes:
la del corazón y la de la carne?
Si en la literatura
hablamos de
muerte, guerra, dolor, enfermedad, si los protagonistas trabajan,
comen, duermen, sufren, hacen planes, ¿por qué no podemos describir cómo exploran
el cuerpo de la persona de la que se han enamorado? Pienso que el erotismo es una
parte fundamental del amor y de nuestras vidas y merece tener su lugar en la literatura.
El protagonista de la noticia que Clara encuentra en Internet, es un viejo inmigrante
muerto en su cochambroso apartamento. ¿Crees que hay aún muchos olvidados como él?
Carmen Santos:
Mientras escribía la novela, precisamente, recordé la noticia que apareció en los
periódicos hace algunos años sobre un anciano emigrante español que fue encontrado
muerto en su piso de París durante una ola de calor estival. Cuando la leí, me llamó
la atención que viviera completamente solo y que nadie le echara de menos en el
vecindario cuando dejó de salir a la calle. Creo que en esta sociedad actual donde
todos vamos “a nuestra bola”, hay cada vez más olvidados como el anciano de “Días de menta y canela”.
...Pienso que el erotismo es una parte fundamental del amor y de nuestras vidas
y merece tener su lugar en la literatura...
Hablemos un poco de los
personajes. Supongo que Clara está inspirada
en ti misma, aunque sólo sea por el hecho de haber vivido en Alemania pero, ¿de
donde nacen el resto?
Carmen Santos:
De la imaginación. Me encanta crear personajes, inventarles un pasado y un presente
y hacerles vivir, amar, a veces sufrir. Una de las cosas buenas que nos aporta a
los escritores la novela, aparte de permitirnos manejar las palabras, crear belleza
y jugar con ellas, es que podemos fantasear cuanto queremos sin que nos tachen de
locos.

¿Te inspiras en personas reales, en gente normal?
Carmen Santos:
No suelo inspirarme nunca en personas de carne y hueso. A la hora de dar forma a
un personaje, puede ocurrir alguna vez que se me “cuelen” rasgos aislados de alguien
que me haya llamado la atención, pero jamás me atrevería a utilizar la vida o personalidad
de conocidos, amigos o familiares para escribir una novela. Me sentiría como si
les estuviera robando.
¿A cuál de los personajes de esta novela le tienes más cariño?
Carmen Santos:
No sabría decirlo. En otras novelas, como por ejemplo “La cara oculta de la luna”,
tuve un candidato claro al encariñamiento: Benito, el abogado homosexual que es
amigo del protagonista, un hombre íntegro y tierno, un verdadero bombón de personaje.
Pero en esta novela,
al ser más coral, he repartido los “cariños”. Aunque, si me pongo a buscar, quizá
destacaría a Antonio Vargas, el jesuita, y a la familia Rosell.
Uno de ellos, el mencionado padre Vargas, es un fraile que ayuda a Héctor Laborda
(padre) mientras está en Alemania. Sé que personas como él existían en la vida real.
¿Qué nos puedes contar sobre ellos?
Carmen Santos:
Cuando viví en Alemania, recuerdo haber conocido a sacerdotes españoles que en su
día habían salido de España por idealismo, por
discrepancias con la dictadura de Franco,
etc. Trabajaban como cualquier otro inmigrante y ayudaban a los compatriotas, que
muchas veces eran iletrados, en cuestiones de papeleos y cosas así. En ellos está
inspirado el personaje de Antonio Vargas.
Tú has vivido en primera persona lo que significa ser inmigrante. ¿Los españoles
hemos perdido la memoria?
Carmen Santos:
Creo que los españoles somos reacios a recordar que no hace tanto años, éramos nosotros
los que debíamos emigrar para poder salir adelante. Es como si ahora que vivimos
bien, consumimos como si nos hubiéramos vuelto locos y nos hemos convertido en receptores
de inmigrantes, nos diera vergüenza recordar que España siempre fue un país del
que la gente emigraba a América, o a la Europa rica en los años sesenta, para poder
comer de caliente.
En ese sentido, con
“Días de menta y canela” quise
homenajear a mis padres y a tantos otros que dejaron España en trenes cochambrosos,
con sus maletas de cartón y sin conocer otro idioma que el suyo ni otra cultura
que la española, porque merecen que no olvidemos el valor que le echaron. Y tampoco
deberíamos olvidar el
dinero que aquellos emigrantes mandaron
a España durante muchos años y que aportó su granito de arena en el crecimiento
que experimentó la economía española en los sesenta y setenta.
¿Cómo se vive la inmigración desde “el otro lado”?
Carmen Santos:
La vida que llevábamos en Alemania era muy austera. Mis padres, como suele ser común
en los que emigran por razones económicas, lo que querían era ahorrar dinero y volver
cuanto antes a su país. Para eso trabajaban mucho y las diversiones eran escasas
(aunque también pasábamos nuestros ratos buenos, todo hay que decirlo). También
fue muy duro para ellos tener que aprender el alemán e integrarse en una cultura
que era tan diferente de la que conocían. Como a mí me llevaron con cuatro años
y a esa edad enseguida dominas cualquier idioma, con el tiempo me tocó muchas veces
hacerles de intérprete o escribirles cartas en alemán.
Otra cosa que recuerdo con claridad es nuestra nostalgia de España. Los emigrantes
de la primera generación suelen aferrarse al recuerdo del país que dejaron atrás
para combatir el desarraigo y el resultado es una imagen idealizada que transmiten
a sus hijos. Yo crecí con una idea de España muy irreal que a nuestro regreso, no
coincidió para nada con lo que me encontré aquí.
Tu familia y tú volvísteis a España cuando tenías 17 años. ¿Te sentiste extranjera
en tu tierra?
Carmen Santos:
Yo viví el regreso a España con cierta ambivalencia. Por una parte, para mí España
era el país paradisíaco del que me habían hablado mis padres y que yo conocía de
cuando veníamos de vacaciones en Agosto. Mientras vivimos en Alemania, siempre quise
regresar a España y cuando mi padre dijo que había encontrado trabajo en Valencia
y que nos mudábamos, me alegré muchísimo. Las primeras semanas en Valencia fueron
un descubrimiento constante, lleno de ilusión y de sensualidad: la luz, el sol,
el mar…
Al mismo tiempo, me sentía extranjera y rara, porque mi forma de ser era más alemana
de lo que había pensado cuando viví allí (al igual que le ocurre a Clara Rosell
en la novela) y en España destacaba por ser diferente. Y también me fui dando cuenta
de que España no era el paraíso que siempre había creído, sino
una dictadura donde nadie se atrevía a opinar
de política (estoy hablando del año 1974), donde se temía a los “grises” más que
a la muerte, donde
las mujeres necesitábamos el permiso del padre o del marido
para cualquier cosa.
En definitiva, después de tantos años deseando regresar, a mis padres y a mí nos
costó integrarnos en la vida española, porque era muy diferente de cómo la habíamos
imaginado cada uno de nosotros.
...Yo crecí
con una idea de España muy irreal que a nuestro regreso, no coincidió para nada
con lo que me encontré aquí...
Como decía “el Poeta”, “todos llevamos
una ilusión en la maleta y cada una es distinta”, dime, ¿cuál es
la tuya? ¿Qué proyecto llevas ahora en la maleta?
Carmen Santos:
Mi ilusión es poder seguir escribiendo muchas historias y que los lectores sigan
interesados en leerlas.
Muchas gracias, Carmen. Espero que tengas muchos éxitos y podamos volver a coincidir.
Carmen Santos:
Muchas gracias a ti y a todo el equipo de Anika Entre Libros por el tiempo que me
habéis dedicado.
Celia Santos ©
www.ciberanika.com