ENTREVISTA
¿Qué les pareció que la editorial Temas de Hoy les propusiera escribir un libro
sobre el fenómeno de las guerrillas en la época de la invasión napoleónica?
Rafael Abella:
La verdad es que fue muy sugestivo porque era un tema muy candente por la cercanía
del bicentenario. Por otra parte la gesta de los
guerrilleros está patente, está
vivo en el recuerdo de la gente porque fue una cosa espontánea, patriótica. Lucharon
contra todas las adversidades en defensa del suelo patrio.

¿Cree usted que el tema de las guerrillas se ha tratado lo suficiente en otros libros?
Rafael Abella:
Ha sido tratado en aquellas obras que se han dedicado al estudio de la Guerra de
la Independencia. Ahora bien, también hay que reconocer que, en general, ha sido
muy subestimada la función de los guerrilleros, sobre todo por parte de las publicaciones
extranjeras.
En Francia ha habido una tendencia a considerar a los guerrilleros
como unos bandidos, unos contrabandistas o malhechores metidos a hacer fechorías
por los caminos. Los ingleses han tenido tendencia también a rebajar la función
de los guerrilleros para exaltar, en cambio, el papel del cuerpo expedicionario
británico mandado por Wellington. Nosotros, los españoles, no hemos incidido con
el énfasis necesario para poner de relieve lo que significó y la importancia que
tuvo el fenómeno de la guerrilla.
El libro deja muy claro cuál ha sido el papel de los guerrilleros en la invasión.
Pero me gustaría que me dijera qué papel tuvo la clase intelectual, los escritores,
por ejemplo.
Rafael Abella:
La situación que se planteaba en España era una situación de una disyuntiva problemática,
porque por una parte es indudable que la invasión francesa aportaba una serie de
progresos derivados de la Revolución Francesa, producida veinte años antes. Esa
progresía que aportaba el afrancesamiento tentó a muchos intelectuales, de los que
no podemos negar su españolidad, y les sedujo las ideas considerando que el país
necesitaba una renovación, un avance, un progreso.
Por otra parte hubo otros intelectuales,
que fueron resistentes a la tentación de adherirse a la renovación, al progreso
que podía traerle lo francés, se reunieron unidos por un ideal que era el de restablecer
la nación española. Querían hacerla salir de la prueba de la guerra, convertida
en una nación depurada, que incorporase las últimas novedades políticas, la igualdad
de todos los españoles, y sobre todo para la reconstrucción de la nación, empujados
por una emoción liberal que se plasmó en las Cortes de Cádiz.
Unas Cortes de Cádiz que el pueblo no apoyó demasiado.
Rafael Abella:
Ciertamente. Hemos hablado de intelectuales, de élites o de minorías que tomaban
partido en aquella circunstancia. Ahora bien, no cabe la menor duda que toda esa
carga emocional que llevaron las Cortes de Cádiz tropezaba con un pueblo sumergido
en una incultura secular, que no entendía el mensaje liberador que aportaba Cádiz.
El pueblo seguía sujeto a las fuerzas tradicionales y seculares de la nobleza, del
clero y del ejército. Eso provocó el empeño de que volviera el rey Fernando
VII, que estaba retenido en Francia. El pueblo se adhirió a la figura del rey, al
que consideraron “el deseado” y por el que lucharon hasta morir cuando en realidad
este hombre venía aquí dispuesto a borrar de un plumazo todo el progreso que podía
significar las Cortes de Cádiz y el liberalismo. Impuso el absolutismo y desgraciadamente
lo impuso ante las aclamaciones unánimes del pueblo que lo festejaba en su recorrido
de retorno de Francia a Madrid. Aceptaron volver a ser gobernados bajo unas premisas
absolutistas y que el mensaje de Cádiz fuese abolido.
La verdad es que esto sorprende mucho. Fernando VII era un monarca codicioso, cobarde,
capaz de cambiar a España por unas vacaciones en Francia y, en cambio, el pueblo
lo seguía apoyando.
Rafael Abella:
Sí, es un hecho que realmente asombra, porque mientras este caballero estaba en
Francia, como has mencionando, haciendo labores de encaje, que le gustaba mucho,
o tocando la guitarra, el pueblo estaba sufriendo mil penalidades: sufriendo, muriendo,
pasando penurias y dificultades increíbles, pero con una ilusión, la vuelta del
rey. Ellos esperaban que el rey, en cierta manera, reconociera el esfuerzo que había
hecho ese pueblo para restablecerlo en el trono. El hecho cierto es que este hombre,
“el deseado”, demostró quién era realmente, porque incluso a los mismos guerrilleros
que habían pasado penalidades y que habían luchado por su retorno, los persiguió
y los mandó a la horca o al pelotón de fusilamiento porque acabaron mostrándose
partidarios de la solución liberal. Tuvieron un triste fin después de haber dado
lo mejor de sí mismos para la vuelta de un rey que demostró tener unas cualidades
humanas de una bajeza increíble.
Además, hay que destacar la dureza con la que lucharon los guerrilleros. No solo
fue sanguinario el ejército francés.
Rafael Abella:
Es indudable. Para los franceses los guerrilleros no eran un ejército regular, solo
era una guerrilla, unos paisanos que habían cogido las armas más heteróclitas y
se habían lanzado a los caminos para cortar las comunicaciones de los franceses.
En esas condiciones los franceses aplicaron la ley del talión: por cada soldado
francés muerto, ejecutaban unos cuantos españoles. Fue una escalada de crueldad
que abarcó a los dos bandos, porque cuando se sientan unos principios de barbarie,
se da el mimetismo, unos imitan a otros.
Hubo un hecho lamentable que fue la ejecución
de rehenes. Cuando se sabía que una familia tenía un hijo en la guerrilla, se detenía
a esa familia para que el hijo volviera; si no volvía, al arbitrio de la autoridad
francesa, se ejecutaba a alguno de los más próximos parientes. La guerrilla hacía
algo parecido, cuando cogía a prisioneros franceses, los ejecutaba dependiendo de
los prisioneros españoles que pudieran tener los franceses.
De esta guerra, hay que mencionar también que Cataluña luchó como el que más por
la nación española.
Rafael Abella:
Sí, es un momento en que hace crisis el estado español, el ejército se niega a luchar
contra el francés, el Consejo del Reino desaparece, gran parte de la nobleza se
hace afrancesada y se pone al servicio de José Bonaparte… En cambio, hay un sentimiento
unánime que recorre la piel de toro y con el mismo ardor se lucha en Gerona que
en Ciudad Rodrigo o en Medina del Campo, igual en Roncesvalles que en Sanlúcar de
Barrameda… Es decir, por los cuatro puntos cardinales, la lucha contra el francés
es unánime y ligada el empeño de la reconstrucción y la defensa de la nación española.
No hubo ninguna intención en crear reinos de taifas derivados de la desaparición
del poder central, sino que todos lucharon con el mismo ímpetu.
Y ese ímpetu fue determinante para que
Napoleón acabara reconociendo el error que
había cometido al entrar en España. Parece ser que calculó mal y eso le pasó factura.
Rafael Abella:
Sí, ciertamente. Napoleón lo reconoció en su destierro, se equivocó rotundamente
menospreciando y subestimando la capacidad combativa de los españoles. Creyó que
lo que iba a ocurrir iba a ser un paseo militar en que su gran ejército invicto
en todas las batallas de Europa iba a consumar una más. Sobre todo, teniendo en
cuenta que él menospreciaba la capacidad del ejército español, en lo cual no estaba
desencaminado, pero al mismo tiempo rebajaba la condición del pueblo al que consideraba
como una chusma manejada por los curas. En ese sentido la equivocación fue rotunda.
Lo vio pronto su hermano José Bonaparte, que no era un genio militar, pero tenía
buen sentido y más capacidad de comprensión de las cosas, cuando se le acercaban.
Nada más llegar a España, se dio cuenta de que él aquí no era amado, no era deseado,
y que iba a ser muy difícil su labor. Y cuanto más duro fuera el comportamiento
del ejército francés, más difícil sería para él conseguir el cariño de los españoles.
Napoleón se dio cuenta de su error cuando echó de menos los efectivos que estaban
en España retenidos por la guerrilla y él, que se había embarcando en otras aventuras
europeas, necesitaba más hombres, que estaban aquí sin poder marcharse, porque entonces
los franceses no podían circular por las carreteras. La guerrilla había tomado los
caminos y se había hecho fuerte ante el ejército francés.
La guerrilla tuvo un papel importante con las armas, pero también con la propaganda...
Rafael Abella:
Sí, hemos hecho bastante énfasis en la batalla de la propaganda. En cierta manera,
la imprenta tenía un papel y, por supuesto, las publicaciones eran una forma de
combate contra el francés a base de la utilización de la sorna, de la
ironía, del
rebaje del adversario, incluyo atribuyendo muchas veces vicios y defectos que no
tenían.

Por ejemplo, diciendo que José Bonaparte, alias Pepe Botellas, era alcohólico.
Rafael Abella:
Sí, realmente se cometió una gran injusticia con él, porque era un hombre muy apuesto
y ni era borracho ni cretino. Era, eso sí, un mujeriego. Él vino aquí con la mejor
de las intenciones. En su breve reinado constó el empeño que tenía en mejorar la
urbanización de Madrid, en hacer una serie de obras que mejoraron el panorama urbanístico
y en cultivar las artes y la literatura. Todo eso lo hizo con la mejor de las intenciones,
pero se estrelló porque la gente la tomó con él por ser el intruso, él ocupaba un
puesto que le pertenecía a Fernando VII.
Uno de los hechos más importantes que ocurrió en España durante la invasión francesa,
fue la Constitución de Cádiz.
Rafael Abella:
La Constitución de Cádiz la crearon los resistentes a la ocupación francesa, puesto
que Cádiz no fue ocupada nunca y fue el reducto donde se refugiaron todos los bienpensantes,
los literatos, los hombres jóvenes que tenían una ambición política…
José Bonaparte
trajo unas reformas derivadas del Código Civil francés para incorporarlas aquí,
como la supresión de ciertos privilegios, la supresión de la Inquisición, una mejora
en la aplicación de los códigos penales… Claro que esto fue al margen de la Constitución
de Cádiz. El español se encontró donde poder elegir realmente, entre poder hacerse
afrancesado o manifestarse defensor de la libertad de España y unirse al grupo de
Cádiz sin luchar.
Hubo algunos que en un principio fueron afrancesados, como el
mismo Goya, que al ver las crueldades de los franceses, se retiraron y se fueron
al bando de los que rechazaban la invasión.
Y al tiempo de la marcha de los franceses, estos vuelven a entrar unos años después
en una invasión completamente diferente: los Cien Mil Hijos de San Luis. ¿No temían
encontrarse con una España parecida?
Rafael Abella:
Primero fue el absolutismo, luego el constitucionalismo y ante el temor de que pudiera
haber alguna revolución, las potencias europeas decidieron el envío de un cuerpo
expedicionario a España que fueron los Cien Mil Hijos de San Luis, mandados por
el duque de Angulema.
El hecho curioso es que cuando se produjo esta entrada de
los franceses para restablecer a Fernando VII en su papel de rey absoluto, no hubo
por parte del pueblo resistencia alguna. Entraron estos señores y tomaron posesión
de los puntos estratégicos más importante sin encontrar resistencia, aunque hay
que tener en cuenta que el pueblo estaba muy escarmentado, había sufrido muchísimo
y la capacidad combativa ya estaba prácticamente anulada.
Manel Haro ©
www.ciberanika.com
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