ENTREVISTA
Antes
que nada me gustaría que hablarás un poco a nuestros lectores sobre tu amplio currículo
como escritor...
José Luis Muñoz:
Bueno, yo empecé siendo un escritor precoz y la culpa de ello me imagino que la
tuvo mi padre, que tenía una biblioteca inmensa, parte de la que heredé, y sentía
una devoción por la literatura que me transmitió. Realmente mis primeros escritos,
breves cuentos, se remontan a los seis años. A esa edad, mientras otros niños jugaban
a pelota en la calle, yo empezaba a recluirme en las bibliotecas y a soñar con historias
que me inventaba. Jack London me fascinaba, lo leí todo, y también
Emilio Salgari,
Julio Verne,
Mark Twain… A los ocho escribí
mi primera novela. Más de cien páginas. Una novela del Oeste. A los trece novelé
la conquista del Oeste con casi mil páginas que debo de tener perdidas por algún
cajón.
Pero cuando realmente
me planteé en serio la escritura fue en el año 1985, al ganar casi simultáneamente
dos premios literarios de importancia, el Tigre Juan y el Azorín,
con "El cadáver bajo el jardín" y "Barcelona negra", respectivamente, que fueron
editadas por Etiqueta Negra, la mítica colección de Silverio Cañada y Paco Ignacio
Taibo II, y presentadas en la primera Semana Negra de Gijón.
Desde entonces no
he dejado de publicar, novelas, sobre todo, y algunos libros de relatos, y de ganar
otros premios como La Sonrisa Vertical con "Pubis
de vello rojo", el Café Gijón con "Lifting", el Camilo José Cela
con "La caraqueña del Maní"
o el Ciudad de Badajoz con "El mal absoluto", que he simultaneado
con artículos de opinión en prensa, relatos en las revistas Interviú, Playboy y
Penthouse, y reportajes de viajes en Viajes National Geographique y Traveler.
¿Y de qué modo encaja esta novela, “El mal absoluto”, con el resto
de tus libros?
José Luis Muñoz:
Pues realmente el tema del Holocausto lo tenía muy interiorizado
desde siempre. A los diez años escribí una novela corta, de unas ciento cincuenta
páginas, que titulé "Auschwitz", y era una especie de Romeo y Julieta entre
un guardián del campo de exterminio y una prisionera judía. Cuarenta y cinco años
después me metía en el mismo tema, de forma concienzuda, para dar un nuevo enfoque,
creo yo, a un hecho que nos debe seguir horrorizando y sobre el que se ha escrito
mucho y, creo, no en vano, porque hay que ir recordándolo para que no se olvide
ni se repita.
“El mal absoluto” conecta con anteriores
novelas porque puede leerse, en parte, como una novela negra. Bueno, es una novela
negra, trata del asesinato en masa más monstruoso de la historia de la humanidad,
uno de sus protagonistas en un
asesino en serie que no tiene conciencia
de su delito. Y también puede ser clasificada como novela histórica. Aunque yo me
inclinaría por calificarla como novela de
tesis, reflexiva, en la que reflexiono
sobre
la condición humana y espero que los lectores hagan lo propio, y
en ese aspecto es novedosa en relación con mi producción anterior que se había decantado
por la narrativa de acción, aunque siempre con un mensaje oculto: el dualismo bien/mal
que todos llevamos dentro y que en “El mal absoluto” se convierte
en eje central.
En "El mal absoluto" planteas bastantes
cuestiones interesantes, la primera de ellas es que haces una reflexión acerca del
grado de responsabilidad del pueblo alemán con respecto al genocidio... ¿Fueron
también culpables por omisión?
José Luis Muñoz:
Una de las falacias más irritantes, desde mi punto de vista, es la de exonerar a
los pueblos de lo que hacen sus gobernantes. Resulta muy fácil decir que el Holocausto
fue obra de una secta satánica exclusivamente, que cuatro locos, instalados en el
poder, pudieron desencadenar esa hecatombe y toda la
Segunda Guerra Mundial que causó sesenta
millones de muertos.
Hitler llegó al poder por procedimientos
democráticos. Bush revalidó su poder a pesar de la Guerra de Irak. Por lo tanto
existe una responsabilidad de unos pueblos al elegir a unos gobernantes brutales.
Hay que tener en cuenta
que una inmensa mayoría del pueblo alemán seguía a su Fürher mientras las cosas
iban bien para Alemania, que comulgaban con esa idea de grandeza del pueblo ario
por encima de los demás pueblos de la tierra y su guerra de conquista y
exterminio.
Claro que hubo oposición,
pero fue borrada de Alemania mediante el terror, y
complots para asesinarle como el de
Valkiria, de actualidad por la película, de algunos militares honorables. Pero la
inmensa mayoría de la población asistió, por acción o por omisión, a una serie continuada
de salvajadas, y puede que muchos se sintieran paralizados por el horror, pero otros
colaboraron de forma entusiasta en perseguir a los enemigos del Reich. No es posible
exterminar a seis millones de judíos sin que se sepa.
Muchos alemanes de
a pie se apuntaron a su linchamiento. Otros se beneficiaron al ver que sus casas
se vaciaban y se quedaban con ellas. Se los llevaban en vagones de ganado. El hedor
de los hornos crematorios, que no estaban en descampados, sino cerca de núcleos
urbanos, se olía a muchos kilómetros a la redonda. Y del mismo modo
los aliados conocían la existencia de
esa masacre intolerable y no fue para ellos una prioridad liberar los campos de
exterminio.
Con esa cuestión hay
muchísima hipocresía y el tema del
Holocausto pesa sobre los alemanes.
Cuando hablo con uno de ellos, siempre les pregunto sobre lo mismo, y se avergüenzan,
lo tienen clavado dentro, porque sus padres, abuelos, colaboraron de alguna forma
en ese espantoso crimen en masa. Ese es uno de los ejes de "El mal absoluto".
La novela plantea además profundos asuntos de carácter moral o filosófico que tienen
que ver con la posibilidad de que todos tengamos un nazi reprimido en nuestro interior...
José Luis Muñoz:
Nadie está libre de pecado.
El nazismo tuvo la habilidad de explotar
los más bajos instintos, los más primarios, de una población. ¿Somos intrínsecamente
buenos o malos? A través de mi novela planteo una duda razonable sobre la bondad
del ser humano. Lo hemos visto en nuestras puertas, en Europa, en la ex
Yugoslavia. Hemos asistido a lo peor
de la condición humana. Ha sucedido en Ruanda, miles de personas perpetrando un
genocidio a machetazos. Cuando, desde las instituciones, se da carta blanca para
que comience la cacería, sean judíos, musulmanes, homosexuales, tutsis, hay, por
desgracia, muchos voluntarios.
Lo monstruoso del nazismo es que formó asesinos sin conciencia
de serlo, estaban salvaguardados por su régimen, hacían un trabajo
con impunidad absoluta. Matar a una escala jamás vista era su oficio y lo cumplían
con un rigor escalofriante. En la novela, y creo que ésa es una de sus virtudes,
no hay maniqueísmos, víctimas y verdugos se confunden, porque la víctima también
fue verdugo y quiere volver a serlo, y porque los alemanes de la nueva generación,
que abominan del nazismo, pues también tienen un cierto punto xenófobo hacia los
turcos. Es una novela muy revulsiva, creo yo, que agita al que la lee, porque le
hace preguntas que debe contestarse.
También aparece un tema que me recordó un poco al que planteaba Costa-Gavras en
su film La caja de música y sobre si alguien que está perfectamente integrado
en la sociedad y se ha convertido en una persona respetada por todos debe ser castigado
por crímenes del pasado; me refiero al personaje de Meissner,
el magnate del acero.
José Luis Muñoz:
Una primera aclaración para
el lector que se aproxime a "El mal absoluto" es que
Meissner, con otro nombre, existe. Meissner es tal y como reflejo en la novela,
sin un adjetivo de más. Meissner es un antiguo oficial del campo de exterminio de
Auschwitz que fue entrevistado en la BBC, en un programa que dieron con motivo de
los cincuenta años de su liberación por el Ejército Rojo, y que me produjo, al escucharlo,
tal impacto que fue el desencadenante de que escribiera la novela. Hay crímenes
que no deben prescribir, y el Holocausto es uno de ellos.
Los juicios de Núremberg castigaron a una
minoría muy pequeña del engranaje del nazismo. Hay que tener en cuenta que el nazismo,
y el Holocausto, tenían detrás a buena parte de la industria y la clase médica alemana.
Hubo quién fabricó el gas letal, quién construyó las cámaras de gas, los hornos
crematorios, los médicos que experimentaron con cobayas humanas, hubo muchísima
gente implicada que escapó a la condena.
Meissner, en efecto,
es una persona muy respetable a pesar de que tiene las manos manchadas con la sangre
de miles de inocentes, y es un hombre de convicciones muy firmes, porque si no lo
fuera se habría tenido que pegar un tiro. Hizo lo que debía, según su forma de pensar,
y no se arrepiente más que de una cosa: de no haber ganado la guerra.
Si Alemania hubiera
ganado la guerra no estaríamos hablando del Holocausto sino del bombardeo de
Dresde o de las bombas de Hiroshima
y Nagasaki. Me gustaba que Meissner apareciera como triunfador, porque el personaje
real que entrevistaban en la BBC lo era; la vida había premiado al verdugo y había
castigado a la víctima que vivía casi en la indigencia. Una de las razones literarias
para escribir la novela era hacer justicia.
De igual modo, el personaje de Weiss nos plantea un ambiguo dilema moral...
José Luis Muñoz:
Sí, el de la licitud de la venganza. Weiss es un personaje que murió hace mucho
tiempo, murió al sobrevivir a la matanza. He querido transmitir a los lectores esa
pesadumbre infernal que acompaña a los
sobrevivientes del Holocausto y los
conducen, muchas veces, al suicidio. Ese sentimiento de culpa está multiplicado
por el hecho de haber sido él mismo verdugo, formar parte
de los sonderkommando, los que hacían el trabajo sucio que asqueaba a los
nazis.
Los nazis eran extraordinariamente
retorcidos en su crueldad, eran la maldad en su estado puro, de ahí el título de
la novela. Pero la venganza mancha, aunque sea muy comprensible, muy humana. Y Weiss
idea una venganza monstruosa con la que intenta equilibrar la balanza de su sufrimiento.
Otro asunto que se apunta es que la caída del muro de Berlín puede ser una de las
causas del renacer del movimiento neo-nazi en Alemania...
José Luis Muñoz:
Es un hecho incuestionable. Y es en la Alemania del Este, precisamente, en donde
hay un resurgir de este fenómeno, como reacción al comunismo impuesto durante décadas.
Se van al extremo opuesto, y esas conductas xenófobas son muy peligrosas. Lo que
ocurre es que Alemania tiene, en ese aspecto, una legislación muy dura: la negación
del Holocausto es un delito, el partido nazi está fuera de la ley.
¿Qué función cumplen cada uno de los tres
personajes principales de la trama?
José Luis Muñoz:
Quería dar a la novela una estructura muy realista, porque quería reflejar una realidad
del pasado y del presente. Y quería que recogiera el tono periodístico que la inspiró.
Por eso hay dos largos capítulos, las versiones que tanto Gunter Meissner como Yehuda
Weiss dan a la ZDF, la televisión pública alemana, de
su experiencia en el campo de exterminio,
que es una recreación mediante el diálogo entre la entrevistadora Eva Steiger y
los protagonistas del reportaje. Quería situar al lector ante dos formas opuestas
de ver una realidad.
Hay un momento en
que las teorías de Gunter Meissner resultan muy convincentes, porque analiza el
contexto en que todo eso se produjo y habla del bien de la nación alemana que estaba
por encima de todo y todos.
Me acuerdo de la reacción
de una lectora que me comentó que, leyendo ese largo capítulo en el que el oficial
de las SS justifica lo injustificable, se sintió casi convencida, y eso fue para
mí el mejor halago, el que creyera que yo defendía el nacionalsocialismo.
El contrapunto es
la versión que da Yehuda Weiss de los mismos acontecimientos,
el descenso a los horrores, el detalle de ese mal absoluto
que convertía a las personas en piltrafas, el
proceso criminal de degradación del ser humano hasta convertirlo en cosa,
y, como cosa, algo a eliminar.
Eva Steiger, por su
juventud y su inocencia, coteja ambas versiones, juzga, se hace preguntas, algunas
terribles, como por ejemplo qué hubiera hecho ella de vivir en la época, una cuestión
diabólica que le plantea el ex oficial nazi, o cuando inquiere a su padre sobre
su comportamiento en aquellos años y obtiene de él una respuesta que la sume en
la desesperanza.
¿Te has documentado mucho para escribir este libro? ¿A qué fuentes has acudido?
José Luis Muñoz:
Bueno. Tenía en la cabeza una serie de fuentes visuales, que son todas las películas
que he visto sobre el tema, algunas muy buenas, como "La lista de Schindler" de Spielberg,
o "El pianista" de Román Polanski. Pero en el plano cinematográfico
hay una película menos conocida pero muy ilustrativa, porque hablaba precisamente
de la rebelión de los sonderkommandos que se produjo en Auschwitz y documentaba
de forma extraordinaria la vida cotidiana en ese infierno, "La zona gris",
un film muy valioso pero muy difícil de ver, porque era muy realista y no había
ninguna concesión al espectador. Salías helado de la sala de cine, con escalofríos.
Otra película que tenía en mente era “Masacre” del ruso
León Klimov, muy ilustrativa del comportamiento del
ejército alemán en el Frente del Este.
Había leído
las novelas sobre el Holocausto de Primo Levi, que me habían desazonado
mucho. Luego leí muchísimos informes, experiencias de
supervivientes del Holocausto, que relataban
la vida en ese infierno, detalles de los crímenes horrorosos que se cometieron,
el mayor, el más espeluznante, desde mi punto de vista, el que hacía referencia
a las enfermeras del campo de exterminio que ahogaban a los recién nacidos en presencia
de sus madres; mujeres que tenían niños pequeños y los mataban con sus propias manos:
¿puede haber algo peor y más inhumano?
Viajé a Dachau, en
invierno, y me empapé del ambiente, del frío que debieron pasar los condenados a
ese infierno. Y visioné miles de fotos, miles, con las que entré en los barracones,
dormí bajo las raídas mantas, caminé hacia los hornos crematorios.
La experiencia, desde
el punto de vista literario, fue pavorosa. Para poder transmitir
el horror, hube de experimentarlo por
dentro, y realmente los meses que tardé en escribir "El mal absoluto" fueron de pesadilla.
Muchos lectores que se han acercado a mi novela me han dicho una cosa que me ha
producido mucha satisfacción: habían leído muchos libros, visto muchos documentales,
películas, fotografías, pero con mi novela tomaron verdadera conciencia de ese acto
espantoso de aberración que fue el Holocausto, porque se sumergieron en él. Y claro,
tuve que meterme en el papel del verdugo, más difícil que hacerlo
en el de la víctima, y razonar como si fuera él. Una experiencia esquizofrénica,
dura, pero interesante, una navegación por la zona oscura del ser humano.
La novela se puede dividir en dos partes perfectamente complementarias, una bastante
extensa en la que
los personajes dialogan o polemizan
sobre las cuestiones antes planteadas y otra que es más un thriller centrado
en una venganza ¿De qué modo has conseguido equilibrarlas para que ninguna termine
sobresaliendo o devorando a la otra?
José Luis Muñoz:
Tenía muy claro que esa tenía que ser la estructura de la novela, que ese debía
de ser el tono, muy racional, muy
frío, para que es instalara ese frío
en el lector, la frialdad de la muerte.
Hay esa primera parte
expositiva las dos versiones de un mismo hecho, la justificación de un crimen execrable
por parte de un tipo que no quita una sola coma de su actuación, y doy fe de que
así se comportó el Gunter Meissner que entrevistó la BBC, y el contrapunto de su
víctima, que reconoce a su verdugo cuando lo ve en televisión. Y ésa fue la pregunta
que yo me hice en ese momento, qué pasaría por la cabeza de las víctimas que vieran
a ese oficial elegante y atractivo de las SS relatando todas las barbaridades que
hizo sin arrepentirse de ellas, vanagloriándose.
La segunda parte es
la reacción posible ante el programa televisivo sobre el Holocausto. El ritmo, entonces,
se acelera. Impera la clave negra, el thriller, pero sin dejar que afloren
reflexiones, dudas, dilemas morales en el lector, hasta ese final que es toda una
paradoja, sorpresiva, y lo es para
el lector porque también lo fue para
su autor. Realmente cerré la novela sobre la marcha, algo que suelo hacer casi siempre.
Dejo que los protagonistas, en sus acciones, me arrastren y así suelo ser más convincente.
Has colaborado también en el libro de relatos cortos "Lo breve si breve" ¿De qué modo
entras a formar parte del proyecto?
José Luis Muñoz:
Era un proyecto muy atractivo al que fui invitado por mi amigo
Juan Bas, un escritor fecundo y de un
humor feroz, un tipo que me provoca carcajadas inteligentes con sus libros vitriólicos
que recomiendo desde aquí, en especial “Alacranes
en su tinta”, “La cuenta
atrás” y “Voracidad”.
A Juan lo conozco desde hace muchos años, de una Semana Negra. Cuando me planteó
entrar en el libro de relatos que preparaba con el eje común de que hiciera referencia
a un cortometraje, le dije sí de inmediato, y más sabiendo que iba a estar en compañía
de buenos amigos personales como
José Carlos Somoza,
Elia Barceló,
David Torres, Andreu Martín
o Fernando Marías, y al lado de Manuel Hidalgo,
Marta Rivera de la Cruz y Alfonso Mateo Sagasta. El proyecto era
muy atractivo y además me dejaba total libertad temática y de estilo.
¿Por qué has elegido a la joven Norma Jean antes de convertirse en Marilyn como
parte esencial de la trama? ¿Qué aspectos te interesaron de ella?
José Luis Muñoz:
A Marilyn Monroe ya le había dedicado un par de relatos muy breves, uno que se publicó
en una pequeña antología, y otro que formará parte de otra que saldrá en unos meses.
Elegí precisamente, ya que debía girar el relato alrededor de un corto, la película
porno que se atribuye a la actriz y rodó antes de ser
Marilyn Monroe, cuando era Norma Jean.
Ese es otro de los
temas fundamentales y comunes de mi narrativa, el eje común de buena parte de mis
obras, las muchas personas que hay dentro de uno mismo: el niño, el adolescente,
el joven, el adulto, el anciano, que comparten el mismo cuerpo y la memoria, pero
poco más. En el cuerpo de Norma Jean se instaló el de Marilyn Monroe, en la chica
sencilla y desequilibrada por una complicada situación familiar, una estrella glamurosa
y triunfadora que debía estar siempre sonriendo aunque por dentro llorara, y eso
produjo un desequilibrio fatal y letal.
Mi cuento tiene la
trampa de que, realmente, no es la película que rodó ella en blanco y negro sino,
supuestamente, otra en color, que nadie sabe de su existencia, con el protagonista
de mi relato, un efímero actor porno cuyo encuentro con MM lo dejó marcado para
siempre.
El cuento es la crónica de una obsesión...
José Luis Muñoz:
Sí, el encuentro le pesa, el recuerdo le cuesta el matrimonio, da un giro a su vida,
no se desprende de él. Es un amor interrumpido e idealizado. Él ha hecho el amor
con la mujer con la que todos sueñan, aunque lo hizo con Norma Jean, no con
Marilyn Monroe. Se conjugan dentro del
relato "Mis quince minutos con Norma" una serie de géneros
que he cultivado; el género negro, por el tono narrativo; el erótico, en la explícita
visualización del rodaje de la película y los prolegómenos; y hay una patina de
romanticismo en todo esa narración larga de más de treinta páginas, un aire de tristeza
cruzado por un cierto humor.
Disfruté mucho escribiéndolo,
y creo que no desmerece al lado de los de
Fernando Marías, por ejemplo, que considero
muy bueno, o al sorprendente de
José Carlos Somoza.
Gracias José Luis, nada más
José Luis Muñoz:
A vosotros.
Joseph B. Macgregor ©
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