ENTREVISTA
Ignacio, ¿en qué momento nace la idea de escribir Querido Caín, una novela que toca temas que ahora mismo son de gran
importancia para la sociedad?
Ignacio García-Valiño:
Pues
en el momento en que confluyen dos razones. Una muy personal de sacar una
serie de fantasmas que yo tengo dentro del pasado y necesito convertirlos
en creación y la otra es en el momento en que veo que el tema de
los niños que sufren maltrato y acoso me preocupa porque en mi propio
trabajo veo cotidianamente situaciones de ese tipo, tenemos que intervenir
y trabajar con niños que sufren la crueldad de sus compañeros
y esto llega a ser el tema que más me obsesiona y necesito escribir
sobre esto para aclarar ciertas cosas.
El libro plantea la excesiva protección de los padres, en este caso
de la madre, hacia sus hijos, aun a sabiendas de sus actitudes violentas.
¿Es este el problema de la mayoría de casos de los menores
conflictivos?
Ignacio García-Valiño:
Es parte
de eso. La novela trata de un niño que es hijo de la sociedad de
la abundancia, no es una familia de clase media baja o marginal, todo lo
contrario, nace en una familia que ha invertido mucho en educación.
El niño tiene todo alrededor para desarrollarse de una forma equilibrada,
pero los padres no tienen el hijo que quieren. ¿Por qué es
así? Es una pregunta que intenta responder la novela. Existe ahora
el pequeño tirano de familia rica que tiene todo lo que quiere.
Y es que esto es así, muchos niños tienen todo lo que piden:
con doce años tienen móviles de última generación,
pero no llevan libros a clase. Eso se debe a que mucha gente confunde la
felicidad del niño con lo material, con el tener más juguetes.
Si criamos a un niño sin televisión ni videojuegos será
un desgraciado al ver que todos sus amigos tienen eso y lo disfrutan, entonces
se plantea una elección muy difícil, si tú quieres
educar a tus hijos evitando ciertos mensajes, contenidos violentos… cómo
lo haces sin que te vea como un mal padre. Al final acabas como los demás,
le das lo que te pide, que es la manera más fácil de acabar
con el asunto. Formamos parte de la sociedad de consumo y es difícil
darle la espalda a eso.
Un profesor o un padre a veces no pueden hacer nada sin que sea entendido como maltrato
porque ahora cualquier cosa a veces se considera maltrato
Dice Carlos, padre de Nico, en la novela: “ellos nos manejan, imponen su
dictadura, y a la que te descuidas, te conviertes en un maltratador”. ¿Es
difícil acabar en casa con estas actitudes?
Ignacio García-Valiño:
Hay una
cosa que hace referencia a la hipocresía de lo políticamente
correcto. Ahora no podemos darle un cachete o un tirón de orejas
a un niño porque parece que son métodos que están
superados, y eso no tiene nada que ver con el maltrato. Los pedagogos están
en contra de esto y creo que todo es una tontería. No es que abogue
por el castigo físico, por supuesto, pero estamos llegando a un
punto en que un profesor no puede coger a un alumno por el brazo para sacarlo
de clase porque el niño lo amenaza con denunciarlo. Vivimos un poco
asustados con las consecuencias de todo esto. Un profesor o un padre a
veces no pueden hacer nada sin que sea entendido como maltrato porque ahora
cualquier cosa a veces se considera maltrato. Eso es un discurso de doble
moral que está también alentando la impunidad de los chicos:
si un chaval le da una paliza a su profesor, luego pasa unas horas a comisaría
pero finalmente se va a casa tan campante y aquí no ha pasado nada,
entonces estamos dejando que esto se nos vaya de las manos.
¿Te has encontrado en tu vida profesional algún caso semejante
y de tanta magnitud como el de Nico?
Ignacio
García-Valiño:
Yo quisiera
matizar una cosa, los niños son pícaros y traviesos por naturaleza
y es fantástico que sea así. Está bien que los jóvenes
sean transgresores y rebeldes, lo malo es que estamos ante una adolescencia
muy apática, sin valores, realmente pasota y eso es algo contra
lo que es muy difícil luchar. Sería deseable que los jóvenes
fueran rebeldes, pero no violentos.
En
cuanto a la pregunta, yo mismo he vivido una situación extrema:
venía a casa con moratones, heridas… eso fue con doce años,
más o menos y mi verdugo era un niño como Nico, un chaval
muy inteligente, muy líder, al contrario que Nico éste
era muy sociable. Pero también tenía ese estilo de juego
perverso, se regodeaba viéndome sufrir, le servía para mejorar
su estatus. Eso lo sufrí y eso me ha llevado a escribir la novela.
Yo trabajo en un instituto como psicólogo y me veo en la piel de
los chicos que vienen a verme acomplejados por esas situaciones. He reflejado
en esta novela que aunque Nico es un caso extremo, sí es un caso
posible y además es un hijo de nuestro tiempo. Tenemos que abrir
los ojos ante esta realidad y no decir que esto ha ocurrido siempre, estamos
llegando a situaciones muy alarmantes. En la novela he intentado hacer
una indagación de la raíz del mal en un niño que puede
ser la forma más pura de nuestra naturaleza.
Hay
un doble discurso, el de la moral que dice a los chicos que deben ser solidarios,
ayudarse entre ellos, deben ser generosos… pero luego cuando son mayores
les dicen que miren por su propio bien, que no se fíen de nadie,
que pasen por encima de quien sea. Eso los niños lo ven, no les
pueden engañar con discursos paternalistas. Nico ve eso y se da
cuenta de que el rollo moral es hipócrita.
Has dicho “la influencia materialista y permisiva en que vivimos
es atroz”. La sociedad no parece que vaya a cambiar para bien. ¿Nos
estamos adentrando en un callejón sin salida?
Ignacio García-Valiño:
Bueno,
el mundo en el que vivimos es un mundo de la
cultura del espectáculo,
de la televisión,
de Gran Hermano… Educar es ir a contracorriente,
cuando hablamos del diálogo, de la solución pacífica,
nos damos cuenta de que los chavales en el fondo tienen unos héroes
que no son eso, son los que con dos cojones bien puestos imponen sus razones
porque sí y eso son valores que tienen muy asumidos. Esta sociedad
alimenta pequeños monstruos, sobre todo cuando las familias no saben
educarlos, ni la escuela ni la sociedad los educa y eso es el precio que
pagamos. Es un gran reto formar a los chicos con cultura y humanística,
no solo para que trabajen y ganen dinero haciendo lo menos posible.
John B. Watson dijo en 1925 lo siguiente: “dadme a doce niños sanos,
bien formados, y un mundo ajustado a mis especificaciones para criarlos,
y garantizo que puedo tomar a cualquiera de ellos al azar y formarlo para
convertirlo en cualquier tipo de especialista que yo escoja: médico,
abogado, artista, comerciante, ladrón… con independencia de sus
talentos predilecciones, tendencias, habilidades…”
¿Crees en esta
tesis?
Ignacio García-Valiño:
(Sonríe)
Watson me gusta mucho, él era un conductista radical, pero ya ha
sido totalmente superado. Incluso Skinner, que fue quien le siguió
y revisó sus teorías ya fue mucho menos radical. Watson era
un poco farolero. Todo eso depende mucho de los talentos, Watson no tuvo
en cuenta que hay niños que no tienen talento para ciertas cosas.
Hay personas que son negadas por capacidad, por talento, por personalidad,
por genética. Cuántos padres han luchado para que sus hijos
sean abogados, médicos… y han acabado siendo pintores.
No es cierto
por lo tanto lo que dice Watson, pero hay una cosa que sí es verdad
y es que el entorno desde que un niño nace es muy importante para
reconducir las tendencias innatas a una dirección. El entorno es
un cincuenta o un sesenta por cierto, eso está claro, pero lo que
dice Watson denota mucha chulería e ignorancia, las cosas no son
tan simples. Esto tiene mucha relación con el libro porque la novela
en el fondo intenta responder a la pregunta de si el asesino nace o se
hace, si la maldad es natura o cultura. Desde luego la cultura es muy importante,
pero no siempre es la explicación. No siempre puedes explicar que
un niño sea destructivo porque ha tenido unos padres que le han
pegado, o porque tenga una madre alcohólica, o porque se haya criado
en la calle, o porque en la escuela no le educaron bien o porque haya nacido
en un suburbio, no.
De hecho estamos asistiendo a un fenómeno nuevo
que es el síndrome del emperador, que se da en niños de clase
alta, que son cafres, tiranos… tanto como los niños de clase obrera.
Eso es una demostración de que no siempre podemos explicar las raíces
del mal en lo que rodea al niño.
Entonces si nos tuviéramos que quedar con alguna teoría,
¿con cuál nos quedaríamos: con la de
Rousseau, que
creía que el hombre era bueno por naturaleza o con la de Hobbes,
que creía en la tesis contraria?
Ignacio García-Valiño:
Veo que
me quieres simplificar las cosas (ríe), pero la verdad es que no
se puede simplificar. La historia nos enseña que a lo largo del
tiempo el hombre ha avanzado a base de matar a los suyos, guerras, genocidios,
atrocidades… eso es la historia de la humanidad, una guerra tras otra.
La historia de la Iglesia, de los reyes… es conquistar, imponer… Siempre
ha habido un afán de dominación, por lo tanto la historia
es hobbesiana cien por cien. La experiencia nos dice que Hobbes no podía
estar equivocado.
Rousseau era un ingenuo, pero es una teoría que
nos tranquiliza, pensar que los niños nacen como angelitos y luego
se les caen las alas, pero insisto, creo que es una gran ingenuidad.
Por ejemplo, mi hijo tiene dos años y disfruta cuando me tira la
comida a la cara y le encanta sacarme de quicio, pero nadie le ha enseñado
eso, es natural e incluso forma parte de su encanto, pero nadie se lo ha
enseñado, es un morbillo y un regodeo que tenemos desde que nacemos.
Aunque a un niño lo criemos entre algodones, tarde o temprano saldrá
la serpiente, si la hay.
Querido Caín es tu novela más personal. Julio, psicólogo
en la novela, es tu alter ego. Nico de alguna manera es aquel niño
que te hacía sufrir de pequeño… ¿Sientes que has saldado
algún tipo de cuentas contigo mismo después de haber escrito
esta novela? O dicho de otro modo, ¿te has sacado alguna espina?
Ignacio García-Valiño:
Desde
luego es un ajuste personal con ese niño cruel de mi pasado, un
niño que se me ha aparecido en mis pesadillas durante muchos años.
Tengo la esperanza de que esta novela sea el fin de esa pesadilla, que
aquel niño pase a ser una criatura de ficción. Cuando piense
en este chico, quiero que sea solamente un personaje de ficción,
un ser que nunca ha existido. Ese es el ajuste de cuentas personal, el
exorcizar un demonio, pero también es una llamada de atención
a este problema que tanta alarma social está creando, de la violencia
infantil y la crueldad. Toda novela creo que tiene que tener un alegato
moral, porque no se escribe una novela solamente para enganchar, al menos
yo no lo hago, sino que tiene que cuestionarnos nuestros principios y nuestros
fundamentos, que nos haga reflexionar qué somos y por qué
somos eso. La novela gira también entorno a las relaciones de inteligencia
y maldad, también es una manera en que ese niño interpela
a los adultos y les hace ver sus miserias. Todo esto es la cuestión
de fondo que espero que los lectores capten, no solo que disfruten con
un thriller
trepidante.
¿Y te ha resultado difícil volver a ese niño que eras
de pequeño para escribir la novela?
Ignacio García-Valiño:
No tanto,
porque la novela no trata sobre el maltrato. Lo único que tiene
es que la construcción del personaje es aquel chaval que me hizo
tanto daño, solamente con eso yo ya había sentido que había
sacado los miasmas de las sombras. Pero la novela tiene más que
ver con mi presente, es decir las relaciones terapéuticas. Yo todavía
no he conocido un niño de estas características tan extremas,
pero he conocido a otros muchos que me han puesto los pelos de punta.
En
Querido Caín, ¿qué te ha costado más: elaborar
la trama de este thriller o perfilar personajes tan complejos como Nico?
Ignacio García-Valiño:
Las dos
cosas. Armar la trama me ha costado más que la escritura, es decir
todos lo esquemas, flechas, estructura, trama principal, trama secundaria…
Todo eso me llevó dos años, mucho tiempo, porque decidí
que la novela debía de ser muy de género y en estos casos
o construyes una trama muy sólida o mejor te dedicas a otra cosa.
Luego escribirla fue más fácil, porque ya lo tenía
todo pensado. Sabía qué tiempo debía tener cada acto.
No quería hacer una escritura demasiado pragmática, demasiado
al grano, porque pierde la calidad literaria, debe haber una ambientación,
un buen perfil de los personajes… por eso me lo tomé con calma.
Debía equilibrar la balanza en la necesidad de mantener el ritmo
sin perderme en vericuetos, pero al mismo tiempo sin ser demasiado escueto.
Para escribir esta novela he tomado ciertos referentes como
Richard Ford, Carver,
Hemingway… He buscado más un lenguaje directo, odio la retórica,
algo que tenemos mucho en la narración española, ese complacer
tanto nuestro propio estilo. Creo que hay una crisis ahora en la novela
porque muchos escritores llegan a dominar muy bien el lenguaje y el arte
de la metáfora, pero no saben crear buenos argumentos ni saben cómo
estructurarlos. Eso es algo que yo echo en falta a los narradores de ahora,
que son tan propensos a hacer metaliteratura y metaficción, autoreferencialidad
y egonovelas porque realmente no saben contar buenos argumentos. Yo apuesto
primero por crear buenos personajes y segundo por crear buenos argumentos.
Puede haber una buena novela sin un buen argumento, pero no hay buena novela
sin buenos personajes.
Cambiando de tercio, Ignacio. El
ajedrez está muy presente en esta
novela. Julio, Nico, Laura… son buenos jugadores. Pero… ¿qué
tal juegas tú al ajedrez?
Ignacio García-Valiño:
(Sonríe)
Yo juego regular, porque para cualquiera que juegue bien, yo soy un matao.
Juego bien entre aficionados, pero en un campeonato serio yo no paso de
la primera ronda. Pero el
ajedrez
me apasiona mucho, es un juego muy limpio
donde tienes que saber qué piensa el otro, por dónde te quiere
llevar, imponer tu juego. También hay mucho simbolismo del ajedrez
en esta novela: los peones que son manejados, el peón que gana a
dama, matar al rey…
¿Y por qué crees que el
ajedrez aparece a menudo en las tramas
de muchos thrillers?
Ignacio García-Valiño:
Pues porque a veces
los thrillers también son juegos de estrategias,
la intriga se basa en una lucha de poder en que cada uno mueve pieza. Es
muy fácil recurrir a esa comparación, pero a veces se recurre
de una forma muy superficial, cuando la novela no tiene nada que ver con
el ajedrez, pero se utilizan metáforas del ajedrez y a mí
eso siempre me ha parecido muy forzado. En esta novela el ajedrez es un
elemento de la trama importante y me parecía adecuado utilizar metáforas
del ajedrez en una novela donde el ajedrez es parte integral de la trama.
Aunque luego resulta que la gente sabe poco de ajedrez y yo temía
que las partes donde narro una partida fuesen demasiado arduas. En alguna
ocasión algún lector me ha dicho que no comprendía
muy bien las partidas de ajedrez, pero realmente eso no tiene importancia,
en una novela no hay que entenderlo todo. El que sabe de ajedrez, lo disfruta,
y el que no, se lo imagina.
Pues que los lectores disfruten de tu novela, Ignacio. Muchas gracias por
tu tiempo. Que tengas mucha suerte.
Ignacio García-Valiño:
Gracias
a ti, ha sido un placer.
Manel
Haro
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"Querido Caín" en Anika Entre Libros